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(Hechos 9:11).

Con que simplicidad el Señor Jesús nos indica la obra milagrosa que estaba obrando en el corazón de Saulo de Tarso. El cruel perseguidor de los cristianos era convertido en un hijo de Dios, y esta transformación inaudita, se manifiesta en un acto que pudo inspirar confianza á todos aquellos que temían á este hombre, en otro tiempo tan violento: él oraba.

La oración es la respiración espiritual de la criatura de Dios, la prueba de que tenía en él la vida, la vida imperecedera de la nueva criatura. Todo verdadero hijo de Dios, ora, y su oración es la ligadura viviente que le une al cielo, en Aquel que es la fuente de nuestra vida, de la vida eterna.

Antes de la conversión, nuestras oraciones vuelven á nosotros sín respuesta, porque nuestros pecados nos separan de Dios. Pero desde el momento que hemos creido en Jesucristo, siendo quitados nuestros pecados, tenemos un libre acceso al trono de la gracia. Nuestro Padre celestial oye las oraciones que le dirigimos en el nombre de su Hijo Jesucristo.

¿Tenemos aún necesidad de insistir sobre la importancia de la oración en la vida del creyente? El Señor Jesús anima á sus discipulos á orar con estas palabras: "Pedid, y se os dará; buscad y hallareis; llamad, y se os abrirá: porque cualquiera que pide recibe..." (Mateo 7:7-8).

Cristo no dice que cualquiera que pide, recibe lo que ha pedido. Tenemos la tendencia de leer esto entre lineas, pero Cristo no lo ha dicho, porque esto no és verdad. Esto no és verdad en nuestra experiencia. Muy á menudo, hemos pedido cosas que no hemos recibido. Y á menudo hemos sido turbados por la oposición aparente entre este versículo y la incapacidad de obtener todo lo que nosotros pedimos.

Y esto no és verdad tampoco en la Palabra de Dios. El Señor evita, en este pasage, el decir que cualquiera que pide recibe la cosa que él pide. El dice: "Cualquiera que pide, recibe". Después una pausa. Y continua, "El que busca, halla", nueva pausa. ¿Porque en su sabiduría se para, y no dice que aquel que pide recibirá la cosa que pide, ni aquel que busca, la cosa que busca?

Se puede responder á esta cuestión, que el Señor está enseñando aquí á los principiantes en la vida de oración. El da á conocer los principios de la oración. Y lo peor que podía ser para un principiante, es el creer que él recibirá todo lo que pide.

Si nosotros diésemos á una criatura todo lo que pidiese, un cuchillo, cerillas, monedas, y todo lo que llamase su atención, lo conduciríamos á su perdición. A menudo, el satisfacer los deseos de los niños, es llamado amor paternal, cuando en realidad es debilidad e inconsciencia. El amor verdadero semejante al de Dios, no dá todo lo que se pide, pero si lo que es mejor.

Al principio de nuestra vida cristiana, no comprendemos todavía muy bien la voluntad de Dios. Todavía tenemos mucha voluntad propia, y deseos egoistas en nosotros, y sería nefasto para nosotros que Dios nos diera todo lo que pedimos, mientras queremos ser todavía nuestros propios maestros.

Cristo no dice: Ora según la voluntad de Dios, ¡porque si nosotros no pudiesemos pedir más que en esta condición, nos desalentaríamos rápidamente!

Muchos dirán: "Si yo no puedo recibir de Dios, más que aquello que yo sé que és su voluntad, yo no sabré entrar en la vida de oración. Porque muchas veces la voluntad de Dios es misteriosa y yo no llego á conocerla. Y si la oración no me trae una bendición, cuando no es conforme á la voluntad de Dios, temo no poder empezar á orar, hasta que no esté mucho más adelantado en la vida espiritual".

¿Entonces, que és lo que el Señor enseña aquí? Simplemente, esto: "El que pide, recibe alguna cosa". El enseña que podemos estar seguros de la eficacia de la oración. Toda criatura de Dios que ora, recibe alguna cosa como respuesta á su oración. Toda oración trae una bendición, y en el disciernimiento de lo más profundo, allí no hay oración sin respuesta. El aposento donde se ora es el lugar de distribución de los dones de Dios.

Dios no deja marchar á nadie con las manos vacias. El tiene las bendiciones generales que dá á cualquiera que se acerque á El en oración. Nuestro Padre dice: "Tu aún no sabes orar como es menester, pero entretanto recibirás alguna cosa".

¡Que presiosa ayuda para una criatura de Dios, que simple recien llegado á la vida de oración, és debil, timido é ignorante! Aquí está la promesa, que mejor que toda otra, está hecha para animarle á entrar en la escuela bendita de la oración, invitado por un Padre amoroso. "...¿Cuanto más vuestro Padre que está en los cielos, dará buenas cosas á los que le piden"? (Mateo 7:11) Si alguna vez no nos dá lo que pedimos, El nos dá, no obstante, cosas de mayor valor que aquellas.

Estas de gran valor son, por ejemplo: un mayor conocimiento de Dios y de su voluntad, una mayor sumisión á su voluntad, la paz de Dios que sobrepasa á toda inteligencia, una mayor abundancia y un mayor poder del Espíritu Santo en nuestro corazón; cosas de las más necesarias para una vida cristiana dichosa y bendita.

Quien pide recibe aquello mismo de que tiene menester ".. porque vuestro Padre sabe de que cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidais". (Mateo 6:8) No solamente Dios nos dá alguna cosa, cuando nosotros pedimos, no solamente El nos dá buenas cosas, El nos dá exactamente la cosa de la que tenemos necesidad. "Dios pues suplirá todo lo que os falta". (Filipenses 4:19) Dios, en respuesta á la oración, nos dá siempre aquello de lo cual tenemos necesidad, si lo pidamos ó no. Nosotros podemos equivocarnos acerca de nuestras necesidades, pero Dios no se equivoca. El vé más lejos que la expresión de nuestros labios; El conoce el camino secreto de nuestra vida, que es el gemido real, más inconsciente de nuestra alma.

Demos gracias á Dios constantemente, El nos dá siempre lo que mejor nos conviene. Y agradezcámosle tambien que El no nos dé, lo que nos es para nuestro bien.

Podemos resumir:

  1. El que pide, recibe buenas cosas.
  2. El que pide, recibe aquello que necesita.
  3. El que pide, según la voluntad de Dios, recibe la cosa que pide.

Esta última és, la gran promesa para aquellos que oran con una fé ejercida, y fundada en la Palabra de Dios. "Si algo pidiereis en mi nombre, yo lo haré". (Juan 14:14) ¡Que privilegio el poder afianzarse sobre una tal palabra de la boca de Dios! ¡El poder de un Dios Todopoderoso espera la oración de una de sus criaturas, para ponerse en acción de una manera triunfante!

Nuestro llamamiento constante, de acuerdo con la voluntad de Dios, pone en movimiento las armas divinas; al asalto del enemigo, Dios se pone, por así decirlo, á nuestra disposición: El dice, ora, y yo obraré, pide, y yo lo haré.

Lo mismo que un mecánico, á la petición de una criatura, puede mover la palanca que pone en acción una potente máquina, así, Dios nos dice á nosotros criaturas sin fuerza: Todo poder me pertenece, más os permito ponerlo en actividad por vuestras oraciones.

Nosotros tenemos necesidad de esta promesa; ella nos da certidumbre. La promesa es simple; no tiene otra condición que la fé de desear el cumplimiento de la voluntad de Dios.

Esta promesa tiene un caracter individual para cada hijo de Dios. Dios obra en nuestra aflicción de ánimo, en nuestro trabajo, y El hará lo que á nosotros nos resulta imposible. El obrará en nuestra impotencia. ".. Si pidiéramos alguna cosa conforma á su voluntad, él nos oye". (1a Juan 5:14) Después que cada oración conforme á la voluntad de Dios, recibe una respuesta, ¡cuanto más deberíamos estar deseosos de conocer esta voluntad! No solo porque haciendo las peticiones conforme á esta voluntad, podemos tener plena confianza y seguridad en las oraciones, sinó porque, en la medida de lo posible, buscamos conocer la voluntad de Dios, en atención de Aquel que és el objeto de nuestras oraciones. Orando según su voluntad, nos sentimos dentro de una plaza fuerte. Esperamos con tranquilidad, confianza y seguridad; lo que hemos pedido debe llegar, porque El lo quiere y nada lo puede impedir. ¿Como pues llegaremos á conocer su voluntad para ajustar á ella nuestras oraciones, y estar así seguros que El hará lo que le pedimos?

El nos dá tres medios por los cuales podemos conocer la voluntad Divina, á saber: Su Palabra. - Las circunstancias. - Su Espíritu. -

Su Palabra es la revelación de su voluntad para todas las cosas. Nos és necesario conocer bien las promesas de Dios y afianzarnos en ellas. Y podremos decir: Yo sé que esto és tu voluntad.

Dios, tambien por las circunstancias manifiesta su voluntad. Un hombre al que faltará un brazo, no está llamado por Dios á un trabajo que exige el empleo de ambos miembros. Dios guia cerrando ó abriendo puertas.

Mas es necesario que el Espíritu de Dios confirme el sentido de estas circunstancias; de lo contrario las circunstancias pueden equivocarnos. Nos es menester consultar á Dios en cuanto á su significación.

Nosotros podemos conocer tambien la voluntad de Dios por el Espíritu Santo. Tenemos dentro de nosotros el Espíritu, que nos guarda de hacer unas cosas, y nos llama á hacer otras. Si andamos según el Espíritu, nos dejaremos dirigir por su llamada.

Es bueno el conocer nuestra propia voluntad y el pedir sin cesar: ¿Señor que quieres que haga? Después debemos guardarnos de la precipitación, y esperar que Dios obre ó hable. Nos es menester andar por el Espíritu. Es en la comunión íntima con Dios, que Su voluntad nos vuelve siempre mas transparentes.

Es necesario no solamente empezar á pedir algo, sino también postrarse regularmente y pedir con perseverancia. La perseverancia manifiesta la fé. Creemos á Dios, roguemos, y El nos escuchará.

Oramos juntos, porque El tiene hecha una promesa de especial atención, cuando dós ó tres están de acuerdo para pedir una cosa. (Mateo 18:19) Esta promesa es la base de nuestras reuniones de oración, ó cuando la asamblea en unidad del Espíritu, hace súplicas y oraciones, con acciones de gracias.

Formulemos las peticiones concretas y simples, y las maravillas de Dios se manifestarán en nuestras vidas.

Es del padre de la luz - Que desciende todo bien perfecto

El responde á mis oraciones - En bendecir El se complace.

Pablo Christiaanse, Herman de Manstraat 8, 3421 HX Oudewater, Holanda



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