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Léase Evangelio S. Juan

capítulos 1 - 4.

"En el principio ya era el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en el principio con Dios. Todas la cosas por Él fueron hechas; y sin Él nada de lo que es hecho, fué hecho. En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres: Y la luz en las tinieblas resplandece mas las tinieblas no la comprendieron" (Juan 1, 1-5).

Tales son las profundas y maravillosas palabras con que el apóstol Juan empieza su Evangelio. Fijemos por un moment la atención sobre las que se hallan en el versículo 4: "En Él estaba la vida, y la vida era la luz de los hombres".

Sin dificuldad se ve cual es el carácter del mundo en que brilla esta luz, - es de tinieblas morales y no sabe lo que hace. Triste cosa es tener que decirlo, el principio que forma la base de su sistema es de Guerra a Dios. El pensamiento natural del hombe es enemistad contra Él. Dios no está en sus pensamientos (Rom 8, 7; Salmo 36, 1; 10, 4).

Entrad en el salon del rico de éste siglo, en la oficina del comerciante, en el taller, en el despacho del letrado, en la humilde morada del pobre, y por todo hallareís que las cosas de Dios están fuera de sazón. Si se oye en ellos el nombre de Dios, será lo más frecuente en boca de los que le nombran en vano o que le blasfeman. Aparte del cambio que solo puede operar el Espíritu de Dios, ¿ no es verdad que, desde el palazio hasta la choza, hombres, mujeres y niños, todos, asi como el gobernador Felix, esperan para ocuparse de Dios y de las necesidades de sus almas, "un momento oportuno" que jamás se presenta; o bien confían este cuidado a otros hombres que han establecido para cumplir ese deber, y quienes han tenido que vender la religión como el panadero vende el pan?

Se quiere bien un poco de religión para tranquilizar la conciencia, en cuanto a la responsabilidad de la criatura delante de Dios; pero no se quiere la suficiente para restringir la solicitud de los deseos del corazón. Tal es el carácter del mundo civilizado y respetable; pero ¿ que diremos de los vicios y crimenenes en los cuales viven y se sumergen tantos seres humanos? Se desea echar un velo sobre los horrores que hacen temblar y gemir la tierra.

Ved ahí las tinieblas morales que los ciegos no aperciben. Satanás, el jefe de este mundo, guarda a la humanidad, "cegando los pensamientos de los incrédulos". Todavía es allí que ha descendido en gracia Aquel que se llama la PALABRA, y que es el criador de todas las cosas.

Al contemplar todo lo que pasa en el mundo, habrá parecido que Dios no tenía más que acabar con tantas iniquidades, esterminando de sobre la tierra, como a la época del diluvio, a los hombres que no cesan de transgresar sus leyes; pero no: el pensamiento de Dios no es de juzgar, Él quiere salvar. Pues la manifestación de su perfecta gracia en el mundo debía dar ocasión a los hombres de mostrar hasta que punto llegaba la enemistad de sus corazones contra Él.

El quebrantamiento contínuo de la ley dada por Moisés había demostrado que el pensamiento del hombre es vivir en la independencia de Dios; su naturaleza es ser desobediente por completo; pero cuando rechazó al Hijo de Dios, se mostró en su carácter verdadero, es decir, ser totalmente depravado, corrompido, incapaz de apreciar el bien, y animado de una enemistad implacable contra todo lo que procede de Dios. ¡ A sus ojos, ninguna muerte era bastante ignominiosa para Aquel cuyo solo delito había sido el de manifestar en este mundo las riquezas de la gracia de Dios! Los habitantes de la tierra poco piensan que el espíritu maligno que les rige no es otro que el enemigo de Dios y de los hombres, homicida y mentiroso desde el principio (Juan 8, 44).

Mas la luz debía de resplandecer aún cuando los hombres en sus tinieblas no la comprendiesen. Aquel que lo ha hecho todo, que todo lo ha ordenado, la tierra y las esferas celestes, descendió aquí bajo para manifestar y anunciar la VIDA, la vida de parte de Dios, LA VIDA ETERNA. "En el mundo estaba, y el mundo fué hecho por Él, y el mundo no le conoció. A lo que era suyo vino, y los suyos no le recibieron" (Juan 1, 10,11). Allí estaba lleno de gracia, pero encontrando oposición y odio, aún de parte de aquellos que debieron sentirse especialmente dichosos de tenerle en medio de ellos. Apesar de eso, aunque los suyos no le quisieron recibir, Él no quiso ni pudo cesar su obra divina. "La luz de los hombes" resplandeció, aquella luz que era "LA VIDA".

En verdad, "la luz" no podía menos que descubrir las profundidades tenebrosas del estado moral de los hombres en medio de quienes ella resplandecía; su naturaleza es de manifestar todas las cosas (Efes. 5, 13). Mas su obra por excelencia era la de poner en evidencia el vacío, la laguna moral, que el amor divino venía a llenar. Su tarea divina era la de producir, en el corazón endurecido e insensible de los hombres, la impresión de su miseria, y hacerles recurrir al Dios de toda gracia, al Dios que ellos aborrecían, - para ser salvados de su ruína, ser perdonados y justificados. Esta es la obra maravillosa que el Hijo de Dios ha cumplido en este mundo, y cumple aún por medio de su palabra divina y por su Espíritu. Para mejor hacer comprender de que manera cumple su obra; tomaremos los dos ejemplos que nos suministran los capítulos 3 y 4 del Evangelio de S. Juan. Las dos personas que en ellos nos son presentadas, Nicodemo y la mujer Samaritana, ocupan las dos posiciones extremas en la Sociedad; por ellas vemos a la humanidad en su mejor y peor aspecto.

Nicodemo, hombre instruido en las Escrituras, integro, reconociendo los derechos de Dios sobre si y el poder divino que desplegaba el Señor Jesus, se va de noche cerca de Él para instruirse más en la verdad. El hecho de haber ido de noche prueba claramente que no era una ociosa curiosidad la que le impelía hacia Jesus; tampoco tenía pensamientos de tentar al Señor o de ponerle a prueba, como generalmente hacían los fariseos, para invalidar su autoridad y el poder moral de sus actos. Un proceder tal de su parte le habría atraido partidarios de entre la multitud incrédula, y habría podido ser realizado en pleno día; pero no, Nicodemo tenía otro fin. En presencia de la verdad que el entreveía, sin aún conocerla, su conciencia había sido herida, y, no sabiendo lo que le podía costar el conocimiento que deseaba, se entrega de noche cerca de Aquel que era despreciado por los principales de la nación Judía, temiendo el vituperio que un paso tal le acarrearía si llegaba a saberse.

El doctor de Israel se halla pues en presencia de la "luz del mundo" y de repente su verdadero estado es puesto al descubierto. Las cosas que oye le son todas nuevas: él tuvo que reconocer que ni aún entendía las Escrituras que enseñaba a otros, y que ignoraba los primeros elementos de la verda. Viendo acabar con su inteligencia, su saber, su religión de un solo golpe, Nicodemo, despojado de su brillante exterior es allí delante de Jesus, como todo otro hombre, un pecador perdido, completamente incapaz por si mismo de acercarse a Dios o aún de hallarle. "Es necesario nacer OTRA VEZ," le dijo Jesus, y el doctor de Israel se ve confundido en presencia de la imposibilidad de salir de su situación, porque ¿ como se puede renacer? Solo Dios es capaz de obrar en semejante materia; ¿ Lo quiere y lo hará Él?

Había en Nicodemo, un sincero deseo de ser instruido por la verdad, y no en vano fué a Jesus. La gracia no rechaza más al que viene de noche, que al que osa presentarse de día. La palabra divina no presenta ninguna condición tocante a la manera de buscar a Dios. Es necesario ir a Él personalmente, rendirse a la invitación que dice: "venid"; y tenemos la certeza de ser recibidos: "Al que a mí viene, dice Jesus, no le hecho fuera" (Juan 6, 37). Es eso precisamente lo que Nicodemo experimentó. La luz había descubierto su estado y manifestado sus necesidades verdaderas; poniendo en evidencia el vacío que dejaba subsistir en el fondo de su corazón la forma religiosa y la ciencia que aparecía en el exterior, atrayendo las miradas de los hombres. Por cierto, ya no era por el placer de exponer la miseria humana que el Hijo de Dios había descendido aquí bajo. ¿ Quién lo ha conocido mejor que Aquel que, sin pecado, ha tomado sobre sí todo su peso? Él no había venido para juzgar al mundo, sino para salvarle. Si la luz descubría las faltas, también estaba allí el amor, presto para cubirlas. El mismo Jesus que había dicho: "ES NECESARIO nacer otra vez," añade: "ES NECESARIO que el Hijo del hombre sea levantado: para que todo aquel que en Él creyere, no se pierda, sino que tenga vida eterna." Él se ofreció a sí mismo para sufrir las consecuencias del pecado del hombre, para llevar el juicio en su propio cuerpo sobre el madero, a fin que Dios pudiese, con justicia, salvar en su gracia a los pecadores que se habían perdido por si mismos.

Ved ahí la salvación llena y perfecta anunciada a Nicodemo, salvación actual tanto para el, como para todos aquellos que perecen. Lo mismo que había sido la serpiente de bronce, en el desierto, para los hijos de Israel que morían bajo las mordeduras de las serpientes ardientes; era el Hijo del hombre levantado sobre la Cruz para el doctor de Israel, moralmente muerto en sus delitos y pecados. Por la fé en aquella obra expiatoria, Nicodemo vino a ser un humilde discípulo de Jesus, entrando como un niño en el reino de Dios.

Él fué salvado, no por su religión, ni por su ciencia, sino por su fe sencilla en la obra de Cristo, obra que sin duda el no comprendía todavía en su extensión, mas en la que se confiaba enteramente, sabiendo que su salvación no venía de el, sino unicamente de Dios. ¡ Que poderosa gracia y amor! El hombre instruido y honrado por sus semejantes es llevado a comprender que la obra de la salvación es por el una cosa imposible de cumplir; mas aprende al mismo tiempo que Dios ha intervenido para librarle de su estado de ruína y de perdición. Es en presencia de su salvador que descubre el estado desesperado de su alma. ¿ En donde habría podido juzgar mejor de ello? Aún mas, ¿ donde, en que otra parte, habría osado contemplar su ruína y sondar sus profundidades? La luz y el amor divino han cumplido su obra de salvación para el doctor de Israel.

Querido lector, ¿ es ud. como Nicodemo? ¿ Se confía ud. también en lo que ha aprendido de su infancia de las cosas de Dios, sin estar por eso más adelantado que lo estaba él en el conocimiento de la verdad divina, quiero decir en el conocimiento que salva? ¿ No quiere ud., como él, venir al Señor Jesus, y recibir gratuitamente de su parte todo lo que Él ha venido a traer?

El otro caso, al cual hemos hecho alusión, la entrevista del Señor Jesus con la mujer Samaritana, presenta bajo todos los conceptos el contraste más evidente con el que estábamos considerando. Pero la misma luz que ha despojado al doctor de Israel de su aparato de ciencia y de propia justicia, penetra hasta el fondo del corazón de esta pobre mujer despreciada, y descubre todos los escondrijos de su vida de pecado. En seguida el amor que no había rechazado al que venía de noche para instruirse, sabe atraer y ganar aquella que, si se hubiese conocida, desde luego, habría huido lejos de su salvador y se habría escondido, a ser posible, se sus miradas penetrantes.

Cuan verdadero es que los pensamientos de Dios no son nuestros pensamientos, y que sus caminos no son los nuestros (Isaías 55, 8). "El hombre mira lo que está delante de sus ojos, mas Jehová mira el corazón" (1ª Samuel 16, 7). Él le escudriña, descubriendo en él los pensamientos escondidos, mas esto le hace con un fin de misericordia, para que el pecador sea atraído al Salvador y se confíe en Él.

La propia justicia, la bondad, la benevolencia y otras cualidades personales, naturales o adquiridas, de que los hombres se aprovechan (Porv. 20, 6), son uno de los mayores obstáculos para el que busca a Dios. No es sin lucha que ellos consienten a abandonar lo que les distingue de los demás, y que llegan a estimarlo en su justo valor delante de Dios. Amar y retener con eficacia lo que pensamos ser bueno en nosotros, es el resultado natural de una educación que ha desarrollado esos principios de virtud y de honor humanos. ¿ A que precio, en efecto, se llega a alcanzar la prudencia? Es el fruto de nuestros mejores pensamientos, de nuestros esfuerzos más heróicos. No es pues sin dificultad que un hombre reconocerá que toda esta justicia no sirve en nada para obtener la salvación que el alma necesita. Elle tiene ciertamente su valor delante de los hombres, mas cuando Dios obra quiere obrar solo, y Él ha hecho una obra que, en todas sus partes, es digna de Él. Él da y no vende; dando en su gracia lo que los esfuerzos del hombre jamás pueden adquirir, Él sobrepuja infinitamente, por la excelencia de su don, la idea más alta que el hombre podía formarse de él, y le imprime el sello de su propia grandeza. De allí viene que cuando un fariseo irreprensible, como Saulo de Tarso, es alcanzado por la gracia, se siente feliz de hacer el sacrificio de las mismas cosas que él antes tenía por excelentes, a fin de ceder todo su corazón a Cristo solo (véase Filipenses 3).

En sus circunstancias especiales, Nicodemo, ha debido aprender esta lección. Entre los hombres todos le habrían concedido un puesto de honor que él mismo apenas habría osado tomar. Mas en presencia de la "luz del mundo", le fué necesario renunciar a todo lo que era una ganancia, y reputarlo como pérdida por causa de Cristo. De esta manera solamente es que se podía instruir en los caminos de Dios. Acaso no comprendió eso cuando vino a encontrar a Jesus, y su corazón sentía algunos temores, que parece haber querido ocultar entre las sombras de la noche. Mas cuando él hubo comprendido lo que Cristo es, el sacrificio no debió parecerle demasiado grande; el tesoro divino que había hallado no dejaba ningún vacío en su corazón para las cosas viejas, que ya no podían tener más atractivo para su alma.

Otra cosa era la posición de la mujer de Samaria. Su vida, sus pensamientos y su carácter eran de un órden enteramente diferente. Perteneciendo a la otra extremidad de la escala social, ella no puede ser colocada al lado de Nicodemo, a no ser que sea como contraste. Si el doctor de Israel participaba de los sentimientos de los demás fariseos no habría querido ni aún tocar a esta mujer, no solamente por causa de su estado moral, sinó porque era hija de una raza despreciada, - un samaritana. Tan honrado, sabio, íntegro y respetable era uno, como degradado, ignorante y envilecido el otro.

Sumergida en el pecado había perdido todo sentimiento de pudor; para ella, la fidelidad no existía, no siendo más que una palabra vacía; "la verdad" le aparecía vagamente, en las sombras de un pervenir lejano, cuando vendría "el Mesías"; de quien ella había oído hablar, mas de quien nadie podía decir cuando llegaría; tampoco ella se cuidaría más de eso. No habiendo gozado de las ventajas de que gozaba Nicodemo, nunca habría tenido deseos de buscar la verdad; en materia religiosa, no conocía más que la mentira, y su vida interior y exterior llevaba su huella. Su preocupación era la de pasar sus días con el menor aburrimiento posible; en consecuencia, para evitar la expresión del menosprecio de personas honradas, se iba a la fuente por agua a medio día, hora impropia para los otros.

Es allí que encuentra aquel extranjero desconocido que luego va a operar un cambio radical en su vida entera.

La respuesta de la mujer a la primera palabra que Jesus le dirije: "Dame de beber", muestra la dificultad inmensa, de ganar un tal corazón, un corazón que, endurecido en su envilecimiento, estaba, al propio tiempo, orgulloso hasta el punto de negar el más ligero servicio a un extranjero, por el mero hecho de ser judío. "¿ Como tu siendo judío, me demandas a mi de beber, que soy mujer samaritana?" La mujer participaba de la aversión de su pueblo contra los judíos, y les devolvía desprecio por desprecio. Su posición moral tan triste como era, no la impedía en manera alguna de manifestar esta enemistad.

¿ Como comunicar a una alma animada de semejantes pensamientos el deseo de conocer la gracia, cosa que ella ignoraba y de la cual no sentía necesidad? Tal es el problema que vemos resuelto, en esta historia, por el amor divino del Salvador. Las palabras de la mujer habrían cortado a todo otro, mas ellas no pudieron desviar a Jesus, ni detenerle de su objeto. Él quería ganar aquel corazón, y con una delicadeza exquisita, sabía hallar y tocar en él la cuerda que podía y debía vibrar.

Su segunda palabra hace sobresalir la divina belleza de la primera. No desdeñando tomar, en presencia de la Samaritana, la humilde actitud del que pide, el Señor le enseña cual es el vedadero modo de recibir de la parte de Dios, esto es, pedir. Para eso, precisaba que su orgullo fuese humillado. Él la conduce pues en la presencia de Dios, no en juicio sino en gracia. Él oculta, por decirlo así, la reprensión tierna que encierran sus palabras detrás de la bondad que Él la hizo entrever en el carácter de Dios. "Si conocieses," le dijo Él, "el don de Dios y quien es el que te dice: Dame de beber, tu pedirías de Él y Él te daría agua viva."

¡ Que profundidad no hallaremos nosotros en estas palabras, fijando nuestros pensamientos sobre el que las pronuncia! Es el Hijo del Dios viviente descendido en este mundo para hacernos conocer a Dios y revelarnos la grandeza infinita del amor del cual Él gozaba desde toda la eternidad, Él, "el unigénito Hijo, que está en el seno del Padre." A fin de ganar una alma para Dios su Padre, condescendió hasta hacerse accesible a una miserable pecadora tal cual era la Samaritana. El carácter de Dios, el cual "es amor" halla así su expresión perfecta en la manera que Jesus efectua su obra.

Estas palabras del Señor producen su efecto; ¡ pero cuales no son las contradiciones extrañas del corazón humano! Cuanto más grande es la miseria, tanto más se ve frecuentemente como una especie de desesperación que quita al alma el deseo de salir de ella.

La mujer se siente en perplegidad en presencia de Dios; no desea oir hablar de un don gratuito que excluye los esfuerzos del hombre, y se apresura a mudar de terreno para tranquilizar su conciencia. Cosas materiales, como las necesidades corporales, son más simples y tienen para ella más atrativo que las cosas de Dios, y ella se esfuerza, todo lo posible, para volver a traer la conversación al nivel de las cosas tangibles y prácticas: "Señor, no tienes con que sacarla, y el pozo es hondo: ¿ de donde, pues, tienes el agua viva? ¿ Eres tu mayor que nuestro padre Jacob, que nos dió este pozo; del cual él bebió, y sus hijos, y sus ganados?"

"Respondió Jesus, y dijola: Cualquiera que bebiere de esta agua, volverá a tener sed, mas el que bebiere del agua que yo le daré, para siempre no tendrá sed, mas el agua, que yo le daré, será en él una fuente de agua que salte para vida eterna. La mujer le dice: Señor, dame esta agua, para que yo no tenga sed, ni venga acá a sacarla." La respuesta del Señor disipa enteramente la desconfianza del corazón de la Samaritana; y la lleva a colocarse ella misma en la posición que Él, en primer lugar había tomado para instruirla. A su vez, ella pide. Sin duda, no comprendía aún que era lo que pedía, pero su corazón está ganado a Jesus, y está dispuesta para recibir en su conciencia la sonda divina.

Las últimas palabras de la pobre mujer revelan su verdadero estado; la tristeza secreta que llenaba su alma se habre paso, y muestra cuanta necesidad tenía del agua viva que pedía. Estar obligada a salir para sacar el agua, exponer su deshonra, cuan penoso debía ser esto para aquella que no osaba arrostrar las miradas y los desprecios de los demás. Por la primera vez, se halla con uno que quiere bien simpatizar con su miseria, y su corazón, sediento de una felicidad que vanamente había buscado en un mundo que no la posee, halla un asilo en el corazón de Cristo. Puede entonces descargarse, y aliviarse de su tristeza, en el seno de aquel extranjero desconocido, y, aún que ella ignoraba todavía que Él había bajado de la gloria del cielo para buscar a los malos como ella, su alma se siente atraida hacia Él.

Ha llegado el momento de tocar su conciencia, "Jesus le dice: Vé, llama a tu marido, y ven acá." Ella quiere desviar el golpe y dice: "No tengo marido." No sabía que se hallaba en la presencia de Aquel que es "la luz del mundo". "Dicele Jesus: Bien has dicho; no tengo marido: Por que cinco maridos has tenido; y el que ahora tienes no es tu marido: esto has dicho con verdad."

La conciencia de la mujer siendo despertada, un rayo de luz penetra en su alma: "Señor, dice a Jesus, paréceme que tu eres profeta;" entiende que la circunstancias de su vida le son conocidas; la causa de su verguënza está descubierta por Aquel que le ha hablado con tan entrañable bondad; todavía no pudiendo dejarle, pero, sintiéndose perseguida de muy cerca, busca evitar la cuestión personal, empeñandose en una polémica religiosa.

¡ Cuantas almas así removidas en su conciencia se esfuerzan del mismo modo para evadirse! Tanto es una forma religios como otro, dicen, y por algunas diferencias secundarias, ¿ es posible que las ventajas de una sean peores que las de otra que los hombres afirman ser más verdadera y mejor? Para el mundo es esto un asunto de conveniencia, de nacimiento, de costumbre o bien de enseñanza del cual deben los doctores determinar, y, si ellos difieren entre sí, ¿ quien osará afirmar que uno tiene razón antes que el otro? Así dicen tantas personas de nuestros días, y de este sentir fué también la mujer Samaritana: "Nuestros padres adoraron en éste monte; y vosotros decís, que en Jerusalem es el lugar donde es necesario adorar."

Mas el Señor no se deja desviar del fin que persigue. Él quiere hablar a la mujer cosas nuevas y gloriosas, en cuyas profundidades no podía entrar ella aún, y que no debieron serle reveladas en su plenitud hasta más adelante. Mas estas cosas eran una de las bendiciones que Dios da gratuitamente y que su Hijo había venido a hacer conocer a este mundo. "Dícele Jesus: Mujer, créeme, que la hora viene, cuando ni en este monte, ni en Jerusalem adorareís al Padre. Vosotros adoraís lo que no sabeís: nosotros adoramos lo que sabemos; porque la salud viene de los Judíos. Mas la hora viene, y ahora es, cuando los verdaderos adoradores adorarán al Padre en espíritu y en verdad; porque también el Padre tales adoradores busca que le adoren. Dios es espíritu; y los que adoran, en espíritu y en verdad es necesario que le adoren." Conocer a Dios, al Dios viviente; conocerle como Padre; ser hecho capaz de adorarle en Espíritu y en verdad: tales eran las maravillosas y grandes cosas que Jesus anunciaba a la mujer de Sichar.

Ella estaba ya a punto de alcanzar estas gracias. El Señor de gloria la apresuraba instándola a creer. Mas eso parecía demasiado grande, demasiado excelente para ser verdadero; aunque sea así, imposible de realizar en el acto. Como el rey Agripa y tantos otros después de él, quería dejar ella para otro tiempo, el momento de entregarse y someterse sin reserva al la verdad. Este podría ser a la venida del Mesías, pensaba ella, y hasta luego no habría más que aguardar. Fué su último esfuerzo contra la gracia, cuando se hallaba casí ya entre los brazos misericordiosos de su Salvador. "Yo sé que el Mesías ha de venir, el cual se dice el Cristo; cuando Él viniere nos declarará todas las cosas. Dícele Jesus: Yo soy, que hablo contigo." Tal es la palabra suprema de Jesus, y la Samaritana, obligada en su última trinchera, se convierte en esclava del Señor.

La llegada de los discípulos interrumpe la conversación, mas la gracia del Señor había triunfado ya; aquel pobre corazón antes tan vacío, está lleno y rebosa de alegría. El pozo, el cántaro, todo es olvidado. Vuelve ella a la ciudad y dice a sus habitantes: "Venid, ved a un hombre que me ha dicho todo lo que he hecho: ¿ Si quizás es éste el Cristo?"

Ella no tiene nada más que ocultar ahora; puede hablar resueltamente de su vida pasada, porque Aquel que lo sabe todo, que penetra en el fondo de los corazones, le ha revelado las riquezas de la gracia de Dios. No dijo nada de las cosas nuevas que el Señor le había revelado, y que traspasando su inteligencia y la de los hombres de Sichar habrían sido propias para excitar su curiosidad. Es la misma persona de Cristo lo que ocupa sus pensamientos; es a

Él que ella quiere conducirles. Su conciencia había sido despertada, su vida de pecado había sido descubierta; por ese medio ella había conocido al Salvador; y es de igual manera que ella obra con los demás. El amor que ella había hallado en Cristo era un tesoro demasiado grande para que lo guardase para sí sola, era menester que hiciese partícipes a otros, y la pobre pecadora queda transformada en un mensagero de la buena nueva.

La luz y el amor divino habían cumplido su obra bendita. Y hé aquí un vaso de alabanzas para Dios el Padre, recogido de entre los más viles de una raza despreciada.

No obstante el Señor persigue su obra divina para con la mujer, dándole parte de aquel gozo que es inseparable de las acitvidades del amor divino. Eso es, el gozo que llena el corazón del Pastor cuando halla a su oveja perdida y llama a sus amigos para regocijarse con Él; el gozo que hay en el cielo delante de los ángeles de Dios por un pecador que se arrepiente (Lucas 15). Leemos en seguida: "Y muchos de los Samaritanos de aquella ciudad creyeron en Él por la palabra de la mujer que daba testimonio diciendo: "Que me dijo todo lo que he hecho. Viniendo pues los Samaritanos a Él rogáronle que se quedase allí: y se quedó allí dos días. Y creyeron muchos más por la palabra de Él; y decían a la mujer: Ya no creemos por tu dicho; porque nosotros mismos hemos oido, y sabemos que verdaderamente éste es el Salvador del mundo, el Cristo."

"Sabemos," dicen estos hombres. Dos cosas son indispensables para tener esta seguridad en la Persona del Salvador: el ejercicio de la conciencia producido en el alma por la luz que todo lo revela, como en caso de la Samaritana llevándola a confesar: "me ha dicho todo lo que he hecho;" después, la bendita acción del amor de Dios que atrae el corazón, enseñandole que el mismo Jesus que revela los pensamientos secretos del pecador es EL SALVADOR DEL MUNDO. Es Él la luz; y también es la vida.

Mas aunque los Samaritanos hubiesen hecho ya el conocimiento personal del Salvador, no por eso, sintieron menos la necesidad de hacer participante a la mujer de la paz que ellos habían hallado en Cristo. Ella conservaba la posición que la gracia le había concedido, la de haber sido el heraldo de la buena nueva para la ciudad de Sichar. De un modo especial, ella tenía parte en el gozo del "Salvador del mundo."

¡ Que admirable es éste amor que, habiendo ocupado el corazón de un pobre pecador, le llena de tal manera que el que acaba de ser salvado no tiene nada de más apremiante que el ir a buscar a otras almas para guiarlas a la fuente de su nueva alegría!

El doctor de Israel y la mujer de Sichar recibieron ambos de Jesus la vida eterna, y en la gloria serán testimonios de lo que el amor de Dios ha obrado sobre la tierra.

Muy amado lector, la misma gracia le es ofrecida a ud., porque "he aquí ahora el día de Salud". ¿ No quiere entrar ud. también en el goce de éste amor que ha convencido a uno de los más viles lo mismo que a uno de los honrados de entre los hombres, mostrando en todo que uno y otro eran pecadores perdidos?

No se deje llevar por el pensamiento de que Nicodemo y la Samaritana son particularmente favorecidos por el Señor, en tanto que ud. está privado de sus ventajas. Recuerde que esta historia se halla en la PALABRA DE DIOS, y está escrita para ud., dirijiéndose directamente a ud. para hacerle ver como Dios que es amor, "espera para tener piedad de ud." (Isaías 30, 18).

Una observación para terminar. Lo mismo que se halla dos veces la palabra "es necesario" en el cap. 3 del Evangelio de Juan, se halla también, en el cap. 4, una doble necesidad, que sirve para evidenciar el carácter de la gracia. "Dios es Espíritu, dice el Señor Jesus, y los que le adoran, en espíritu y en vedad es necesario que le adoran. "¿ Mas en donde hallar estos "adoradores verdaderos"? Para esto fué menester que Jesus pasase por Samaria y que se encontrase personalmente con la mujer de Sichar. El Señor conocía las exigencias divinas del amor, por medio del cual quiere penetrar en el corazón del pecador, aún del más empedernido. Él persigue su objeto y le alcanza. Que felicidad para nosotros, la de saber que estas exigencias divinas son la suprema razón de nuestra Salud, y que también son la causa que hace que Dios busque y halle actualmente aún sobre la tierra verdaderos adoradores.

Que nos sea concedido, querido lector, ser del número de aquellos que adoran a Dios en espíritu y en verdad, y hallarnos de día en día mejor penetrados del carácter que pertenece al verdadero culto que requiere el Padre.

Pablo Christiaanse,

Herman de Manstraat 8,

3421 HX Oudewater, Holanda. pchristiaanse@hotmail.com



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