(La parabola del hijo prodigo)


"Y dijo... Un hombre tenía dos hijos: y el menor de ellos dijo a su padre: Padre dame la parte de la hacienda que me partenece..." Leer en el evangelio de Lucas, capitulo XV:11-32.

 

Jesus se dirigía a la muchedumbre en parábolas, narración simbólica conteniendo verdades espirituales ilustradas por un hecho real ó posible. Una de las parábolas mas conocida es la del hijo prodigo.

En esta parábola, el padre es un hombre rico, dotado de un corazón amplio, lleno de amor generoso y franco para sus hijos, y sin duda, la imagen de Dios, tal como es revelado en Cristo.

Los dos hijos representan la humanidad. En ellos vemos dos clases diferentes. No está la diferencia en que uno sea piadoso y el otro impío, porque en el fondo, todos los hombres son por su naturaleza, sin Dios, y no podemos decir que unos son puros y otros impuros, porque todos son impuros. No se puede comparar los unos a las plantas venenosas, y los otros á las rosas perfumadas. No, todos son pecadores. Pero tenemos aquí los dos grandes caracteres del pecado en la humanidad. El hijo mayor tiene un caracter tranquilo; cumple los deberes de una vida jornalera, en una marcha honesta y virtuosa, según el hombre. El más joven, al contrario, parece tener un temperamento malo. El és apasionado, con mucha actividad, le gusta lo variable, y se siente atraido hacia lo lejano y extranjero. El de mayor edad representa el pecado en su aspecto refinado, el más joven, el pecado en su aspecto grosero.

El pecado es un dominio de corrupción sobre el hombre, pero según cada persona, se manifiesta de una manera muy diferente. Lo que llamamos virtud puede ser realmente orgullo, y lo que el hombre llama benignidad, puede no ser más que adulación ó cobardia. La educación no puede cambiar la naturaleza pecadora; á despecho del trabajo de amor del Maestro perfecto, Judas se transforma en un "hijo de perdición".

Es en el hijo más joven que el pecado se manifiesta primero: "El más joven de ellos dice á su padre: Padre, dame la parte de la hacienda que me partenece."

Sería menester, querido lector, que cada uno de nosotros halle en cierta medida, la imagen de ese hijo pródigo en nuestra propia experiencia, de otra manera, el sentido excelso de esta parábola sería ignorado por nosotros. Participando de las riquezas de la casa paterna, donde nada le falta, el hijo siente el orden que allí reina, como un yugo demasiado pesado, y el desea una completa independencia; el cree mejor el dirigirse por su propia voluntad, sin freno, que por la de su padre, y la posesión del dinero que le pertenece por su calidad de hijo, le parece el camino de la libertad. El estaba descontento; el mundo está lleno de personas descontentas que murmuran contra Dios. Todos estos que no tienen la paz del corazón, atribuyan su falta á Dios.

No comprende el amor de su padre. El hijo consideraba todo de la casa paterna, pobre y vacio para su corazón. Desdichado aquel que piensa que estar libre, para gozar de todas sus codicias, y de todas sus pasiones, es la verdadera libertad. El llegará á ver que aquel que comete el pecado es esclavo del pecado. La sola y verdadera libertad es aquella que consiste en vivir según los pensamientos de Dios que nos ha creado para su gloria; es en esta libertad donde solamente hallaremos la verdadera felicidad. Pero el hombre ha querido desembarazarse de la autoridad de Dios. "Nosotros todos hemos sido errantes como las ovejas, nosotros hemos vuelto cada uno hacia su propio camino."

"Y el les repartiró su bien." Una nube de dolor hizo sombra sin duda, en la apacible cara del padre; el mal que existía en el corazón de su hijo, se manifiesta ante él en toda su torpeza; su corazón prefiera el pais lejano más que los cuidados del amor paternal, pero el amor no permite ninguna violencia; y el padre otorga la petición de su hijo.

Un hombre puede hundirse más profundamente en el pecado que otro; pero en el momento que nos desviamos de Dios, somos ya completamente malos. Eva abandona a Dios por el fruto prohibido. Ella manifiesta de este modo, que en su parecer el diablo era mejor amigo para ella que Dios, y que tenía más confianza en la palabra de Satanás que en la que Dios había dicho. Más Satanás es mentiroso desde el principio, y ha sido menester la cruz de Cristo para manifestarlo.

El hombre natural es como el hijo prodigo; él gasta sus bienes en el país lejano y se arruina el mismo. Un hombre que posea una gran cantidad de dinero, pero que gaste mucho continuamente, sin ingresar nada, puede parecer rico durante algún tiempo; pero ¿ cual es el resultado? Que és un hombre arruinado. Desde el momento que el hombre deja á Dios, él se vende á Satanás, y ha gastado su alma y su corazón lejos de Dios.

Sin duda el padre había previsto con anticipación lo que iba a sucederle á su hijo, pero él le deja marchar con los ojos llenos de lágrimas, lágrimas ante tanta ingratitud, y lágrimas por el destino terrible que su hijo va á prepararse. Con el corazón sangrando, le permite que haga su propia voluntad. El se da cuenta de que después de haber agotado para con él todos los tesoros de su amor, no le queda otro argumento para retener á su hijo.

Cuando Dios ve que la vanidad mundana sobrepasa el amor á El, permite que el hombre haga las experiencias sobre el verdadero caracter de este mundo, los atractivos del cuál son falsos y pérfidos. Más en tanto que el hombre rechaza el vivir feliz en el amor del Padre, Dios no le cierra su corazón; El espera el regreso de su hijo.

"Y pocos dias despues, el hijo más joven, habiendo recogido todo, partió lejos á una provincia apartada." La presencia del padre se transforma en una molestia para el joven superficial; el orden de la casa le parece demasiado enojoso, y se decide á marcharse a un lugar donde nadie le conozca, y donde no sea mortificado por la presencia de sus padres escrupulosos. Prefiriendo las obras de la tinieblas, se marcha lejos de la luz. "Pues esta és la condenación: porque la luz vino al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz; porque sus obras eran malas." (Juan III:19) El hijo más joven recoge todo lo recibido y emprende su viaje, con el corazón lleno de ilusiones sonrientes. Es una mañana de primavera muy bella, los pájaros cantan alegremente, el aire esta perfumado por la flores y la voz del hombre joven está llena de gozo y de valor. Con el paso ligero deja atrás el camino de la vieja casa; sin pensar en su padre, que le sigue con sus ojos cubiertos de lágrimas, por su hijo que se vá en un mundo falso y cruel. Por una ilusión de independencia, el joven insensato abandona el orígen de su verdadera felicidad. "Y allí desperdició su hacienda viviendo perdidamente." Este es el caso: el joven se transforma en su propio maestro, el ha escogido su propio camino, un camino cuya pendiente le lleva hacia el abismo. En su egoismo, él solo piensa en satisfacer sus propios deseos, y muy pronto va a sufrir la consecuencias de una tal conducta. "Y cuando todo lo hubo malgastado, vino una grande hambre en aquel país." La vanitad ha pasado pronto para el pobre insensato. El capital, ganado sin duda durante largos años de trabajo, desaparece en poco tiempo; no solamente su bolsillo se vacía, además el hambre que ha venido aumenta sus dificultades. Los habitantes del país economizan sus bienes, y no emplean obreros más que para los trabajos imprescindibles. El juicio que cae sobre el país entero, afecta de una manera especial al hijo pródigo, como el hambre del tiempo de José, que cayendo sobre la tierra entera, se dirigía particularmente á Jacob y sus once hijos (Génesis 40).

Este es el trueno que despierta de su sueño de pecado, á aquel que había escogido vivir en la independencia de su padre. "Y comenzóle á faltar." Los últimos objetos de valor son vendidos, tambien los vestidos que no son de necesidad urgente son cambiados por la comida indispensable. El hambre y el desespero vienen á llamar a la puerta como mensageros de parte de Dios. Los amigos, que han sido sus compañeros del desorden lo olvidan, porque también ellos no quieren vivir más que para sí mismos. Tales son los egoistas. Ellos no tienen amigos que vengan a pedirles ayuda. Su simpatia no és más que adulación y falsedad. La amistad fiel no puede existir más que donde existe la sinceridad mútua.

"Y se llegó a uno de los ciudadanos de aquella tierra, el cual lo envió a su hacienda para que apacentase los puercos." Notemos que es dicho: "de aquella tierra", no era aquel su país. Donde el se hallaba era un extrangero, no tiene ninguna ligadura de afecto, no ha levantado allí su casa. Es por lástima que le permiten apacentar cerdos. Hubo un tiempo cuándo él no soportaba la benignidad de la voz de su padre, y ahora está obligado a encorvarse bajo el yugo humillante de un extrangero que le menosprecia; que no le confia más que sus cerdos.

El quería ser su propio maestro y se ha transformado en un esclavo. El deseaba la libertad y no ha sido más que el mas bajo de los siervos. Que imagen reveladora de la humanidad. Los hombres no han querido obedecer al Dios de amor, pero se inclinan bajo de la tiranía de Satanás, el homicida y mentiroso. (Juan VIII:44)

"Y deseaba henchir su vientre de las algorrabas que comían los puercos; mas nadie se las daba." ¡ Que situación tan desesperada! ¿ Se puede caer más bajo? ¡ No solo tiene que cuidar á los cerdos, sino que también tiene que envidiar su comida! No es cuestión de placer; su deseo manifestado (él deseaba llenar su estómago) mostraba su miseria. ¡ Que degradación! ¡ Tener aspiraciones análogas a las de los más viles animales!

En esta degradación, vemos el primer fruto del pecado. El hombre pierde su nobleza; también quita del alma lo que le distingue de los animales y en sus deseos es semejante a ellos.

Por fortuna el arrepentimiento no depende de la educación, de la civilización; en la sociedad refinada de amigos ricos, la conciencia queda adormecida, pero detrás de los puercos y en el fondo de la miseria, los primeros indicios del despertar se anuncian. También por mucho tiempo el pecado se oculta bajo un manto brillante, y el pecador no le reconoce bajo su verdadero caracter, hasta que el desenlace lo manifiesta. "La paga del pecado, es la muerte." Es entonces cuando se presenta el dilema del que depende su destino eterno: desesperación ó arrepentimiento. "Y volviendo en sí.." Entre los puercos, el joven se siente solo y abandonado de todos, enflaquecido. Hambriento, vestido de harapos. El se encuentra solo, completamente solo, despues de un periodo donde el mundo, los amigos, los placeres, han ocupado sus pensamientos. Es ahora cuando empieza a reflexionar sobre su estado. Es una expresión muy significativa: Y volviendo en sí.

En la misma posición que él hay muchos que no vuelven jamás en si mismos, y esto se puede decir, no solamente de aquellos que viven en el desorden, sino también de muchos otros que llevan una vida más ó menos honesta. El hombre es ciego cuándo en su propio estado, él se ocupa constantemente de cosas que están fuera de él mismo, sus obras, sus placeres, sus asuntos, su familia, más él no encuentra las horas de silencio necesarias para su examen personal, ni la valentía para considerar la condición de su alma. Porque aquél que se ve tal como él és, debe siempre pronunciar juicio sobre él mismo. Nuestro corazón nos condena, y Dios que és mayor que nuestro corazón, debe condenarnos igualmente (1a Juan III:20). Que bendición para el pródigo el haber sido puesto fuera por un mundo de vanos placeres, y haberse quedado solo. Ahora se dá cuento, no solamente de su estado actual, sino también de la causa de su desdicha. "El dice: ¡ Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, y yo aquí me muero de hambre!" Lo que el hombre no vé, Dios si lo vé. Cuando nosotros no queremos volver en sí, Dios está obligado á empujarnos por caminos de dolor y soledad. El puede emplear el lecho de enfermedad, la discordia, el cauteverio, como mensajeros de su gracia y de su amor. En la imaginación del joven surge súbitamente la casa paterna, con su vida pacífica y ordenada, con sus fuentes y sus palmeras umbrosas. El la compara con la escena desoladora en medio de la cual él vive actualmente. En su mente el vé los jornaleros más sencillos sentados en la mesa bién puesta, y él, ¡ el hijo de la casa no tiene ni aún las cáscaras de lo que comen los cerdos! La situación de un hijo en su casa es mucho más elevada que la de los criados, más ¿ donde ha quedado su dignidad? ¿ Los privilegios han desaparecido, y de donde viene este cambio? ¿ Como la sonrisa del pasado, se ha convertido en la desolación de la hora presente?

La respuesta á esta cuestión angustiosa se impone con fuerza á su espíritu: ¡ Es mi orgullo y mi propia voluntad los que me han apartado de ese centro de amor y de riquezas! Y con un dolor profundo él recuerda el momento funesto cuando tomó el camino que lo alejó de la casa paterna. Pero con este dolor, el deseo de volver allá entra en su corazón. La mudanza se ha producido. ¡ Oh! Bienaventurado el hombre que, despues de una vida de vanos esfuerzos y de luchas estériles, halla otra vez en el fondo de su corazón el deseo de acercarse de Dios. Bienaventurado aquel que reconoce que toda su perdición es a causa de su alejamiento de Dios. Y bienaventurado aquel que toma la firme decisión de volver á su Dios diciendo: "Porque mejor es un dia en tus atrios que mil fuera de ellos: escogería antes estar á la puerta de la casa de mi Dios, que habitar en las moradas de maldad." (Salmo 84:10)

"Y el dice: Me levantaré é iré á mi padre." Cuando el pródigo piensa en la casa de su padre, moralmente toda la obra está hecha, aunque él todavia no está de regreso. Un milagro ha obrada en su corazón orgulloso y altivo, él reconoce plenamente su error, y desea sumisamente retroceder su camino.

Cada uno se avergüenza de reconocer su culpa, de confesar públicamente su pecado, de juzgar su ser y sus obras pasadas. Es por la puerta estrecha, donde el alma debe encorvarse, para entrar por ella y encontrar la vida y el perdón. Pero, que gozo llena el corazón, cuando nosotros somos de este modo juzgados, y somos conducidos á Aquel que ha venido para buscar y salvar los pecadores tales como nosotros.

"Y le diré: Padre, he pecado contra el cielo y contra tí; y no soy digno de ser llamado tu hijo." ¡ Que palabras más conmovedoras! Diciendo: Padre, el reconoce no ser digno del nombre de hijo. En esta palabra Padre, se vé la fé que cuenta con una gracia y una misericordia que no dependen de la conducta del hijo, sino del sér del Padre, el caracter del cual es inmutable. Cuanto más profundo es el sentimiento del pecado en nuestro corazón, más contamos con el amor del Padre. "Jah, si mirases los pecados, ¿ Quien, oh Señor podrá mantenerse? Empero hay perdón cerca de tí, para que seas temido." (Salmo 130:34) "...Por esto dice: Dios resiste á los soberbios, y da gracia a los humildes" (Santiago IV:6).

"Padre, yo he pecado". Sin excusas, sin introducción, sin subterfugios, él confiesa su pecado. El no hace como Adán que echa la culpa sobre su mujer, ni como Eva que la echa sobre la serpiente; él no acusa al mundo cruel y pérfido, él se acusa a si mismo. El no dice que allí hay personas que han hecho peores males que él; en su arrepentimiento no juzga más que a una persona: a él mismo y justifica la sabiduría infinita de Dios que condena el pecado: "Yo he pecado contra el cielo." Cada pecado es un insulto dirigido á Dios tres veces santo que está sentado en los cielos. "Contra Tí, contra Tí solo he pecado, y he hecho lo malo delante de tus ojos", dice David después de la muerte de Uría. Dios tiene derecho sobre nuestro ser entero; El nos ha creado para su gloria y nosotros le frustramos en cada acto que le deshonra.

El hombre natural se esconde detrás de todo un andamio de buenas obras; él pretende que no hace mal a nadie, que dá a los hombres lo que les debe. Y de este modo, procura olvidar el hecho de que ningún acto de su vida tiene como objeto glorificar á Dios, que su vida es vana delante de Dios y que él está privado de la gloria de Dios. El hombre que quiere establecer su propia justicia está ciego en cuanto á la exigencias de la justicia divina. Si los hombres no le acusan, él se siente satisfecho. El no hace caso del orgullo, del odio, del egoismo, de la envidia, que van llenando su corazón, con tal que su reputación sea irreprochable. Pero cuando la conciencia se despierta, nos sentimos culpables ante Dios, quién sonda los corazones. En su presencia, nuestras obras desaparecen, y nosotros exclamamos, como el publicano, golpeándonos el pecho: Oh Dios, sé propicio á mí pecador. Es de esta manera que uno se arrepiente de sus pecados.

"Padre, he pecado contra el cielo y contra tí". Aquel que sabe que ha pecado, ofendiendo a Dios, sabe que también ha ofendido á los hombres. El dolor que el hijo pródigo ha causado á su padre, le quema en el corazón; el remordimiento de haber despreciado el amor de su padre, le es insoportable; con lágrimas se acuerda de su ingratitud y su falta de amor. ¡ Cuánto ha tenido que sufrir un pobre anciano, durante estos años de alejamiento! El suelo empieza á quemar bajo sus piés y desea tener alas para atravesar el espacio y arrojarse á los piés de su padre con lágrimas de arrepentimiento. ¡ Ay de mí! Muchos hijos pródigos han encontrado su casa paterna vacía, sin sus padres que no han sobrevivido á la tristeza, y el dardo del remordimiento le ha quedado en su conciencia para siempre.

"Yo no soy digno de ser llamado tu hijo; hazme como uno de tus jornaleros." El pecado se alza ante él de una manera tan horrorosa que él no se siente digno del nombre de hijo. El piensa que deshonraría al padre el reconocerlo de nuevo como tál. El no está todavia dentro de la entera libertad de la gracia, no ha comprendido aún la paz y felicidad de una salvación perfecta. Pero el padre no habla de jornaleros, él no impone jamás el yugo de la servidumbre.

Cuando el hombre ha reconocido su culpabilidad, el mismo baja de toda altura de su estima propia. Las palabras "no soy digno" no solamente indican el principio de la obra de Dios en un corazón, estas palabras de humildad caracterizan la criatura de Dios durante toda su estancia en la tierra. Dichoso aquel que, en la presencia de Dios pronuncia sin cesar el yo soy indigno. Estas personas son las que Dios ensalzará. El joven de esta parábola fué aceptado como hijo, desde el momento que él no se ha sentido digno de esta posición. Cuando Pedro dijo á Jesús: "Apártate de mí, Señor, porque soy hombre pecador" (Lucas V:8), el Señor le une con él por toda la eternidad. Cuando el ladrón en la cruz dijo: "Nosotros, á la verdad, justamente padecemos", el Salvador le abre las puertas del paraíso. Una tal confesión es el preludio á la gracia infinita que trae la salvación al pecador arrepentido. Por cada pecador arrepentido, los ángeles en el cielo cantan su cántico de alegría.

"Y levantándose, vino a su padre". Algunos han dicho que estas palabras eran innecesarias. ¿ No había tomado la decisión de volver? Entonces ya no hace falta decir que la puso en practica. Aquel que habla de este modo no conoce ni su propio corazón, ni la vida que nos rodea. Cuántas promesas se hacen, y no se cumplen; cuántas decisiones se toman, que nunca se empiezan a poner en práctica. Y cuántas veces se empiezan y no se concluyen. Pensad en la mujer de Lot, en los Israelitas en el desierto, en el joven rico. Son muchos los llamados, pero pocos los escogidos. La voluntad de Dios es cumplir la obra que El ha empezado en un corazón, pero la propia voluntad del hombre pone á menudo obstáculos. La voluntad de Dios no se cumple más que allí donde hay un corazón dócil y sumiso á El. El hijo pródigo ha vencido todos los obstáculos del camino, para realizar lo que ha decidido. El rechaza las insinuaciones diabólicas, las vanidades mundanas, el orgullo, porque el deseo de ver a su padre arde en su corazón. El no podía vivir sin verle de nuevo.

"Y como estaba aún lejos, su padre le vió". Este rasgo nos representa de una manera conmovedora la verdad sublime: Dios es amor. Claramente Jesús representa aquí el caracter de su Padre celestial. El amor de Dios no és sentimental ó debil. El hijo pródigo es la experiencia amarga de que la perdición, la ruina, la soledad y la aflicción son las consecuencias del pecado. Pero a pesar de todos los juicios que Dios impone sobre aquellos que divagan lejos de él, El es amor y en este amor, Dios busca sin cesar sus ovejas perdidas.

Con el paso vacilante y la cabeza baja, el hijo se acerca a la casa paterna. El no se atreve a levantar los ojos. Tiene que soportar las miradas de los vecinos que le conocieron en su juventud. El padre nos es descrito como estando continuamente á la espera de su hijo, como si hubiera estado al acecho, con los ojos puestos en el camino, esperando descubrir en la lejania la silueta de aquél hijo que le ha causado tanto dolor y vergüenza. Y por fin lo descubre en la persona de un miserable vestido con harapos. Este padre es la imagen exacta de este Dios que decía: "Extendí mis manos todo el día á un pueblo rebelde, el cual anda por un camino no bueno, en pos de sus pensamientos." (Isaías LXV:2) Oh, que pensamiento concerniente a cada alma que todavía anda lejos de Dios: Dios te busca y su corazón te espera. Cada día El extiende su mano hacia tí, ¿ permanecerás rebelde?

"Y él fue movido á compasión". Aquí sumergimos profundamente nuestras miradas en el corazón del Padre. La miseria del hijo produce en él una inmensa compasión. No piensa en la deshonra, ni en las angustias, ni en los bienes gastados locamente, ni en las noches de insomnio. No siente enojo para el hijo que ha arrastrado por el barro el honor de la casa. No se ha sentido satisfecho por el fracaso final de la triste aventura. Aquellos que puedan pensar en tal sentimiento, no conocen el corazón de un padre terrenal, y muchísimo menos el corazón del Padre celestial. El amor eterno sufre á causa del estado del pobre pecador. El amor de Dios vá mas allá: del mismo amor de una madre hacia su hijo. "¿ Olvidaráse la mujer de lo que parió, para dejar de compadecerse del hijo de su vientre? Aunque se olviden ellas, yo no me olvidaré de ti." (Isaías IL:15) Cuantas veces pronunciamos juicios despreciativos sobre los pecadores y que poco nos parecemos en esto, a este Dios, cuyo amor infinito le lleva hacia los seres más depravados.

"Y corrió, y hechóse sobre su cuello y besóle." He aquí el acto que manifiesta la profundidad, la altura, la anchura y la largura del amor dentro del corazón paternal. El se abalanza al encuentro de su hijo, él lo aprieta sobre su corazón y lo besa. Y esto lo hace antes de que el hijo haya pronunciado una sola palabra, antes de haber examinado sus propósitos, sin exigir primero un acto de arrepentimiento según ciertas reglas, como los hombres quisieran imponernos. El solo gran remedio que cura las heridas del pecado, es la potencia del amor. Dios no reprende, pero él dá, él perdona, él cura, él justifica. El regenera el corazón; vertiendo en él la vida eterna, él hace todas las cosas nuevas.

"Y el hijo le dice: Padre, he pecado contra el cielo y contra ti, y ya no soy digno de ser llamado tu hijo." El hijo ante el recibimiento de su padre, no tiene ocasión de pedirle ser hecho como un jornalero. La gracia y el amor han hecho desaparecer de su corazón natural, el pensamiento de que su padre podría tenerle como siervo. ¡ Como reconoce, en cambio, ser indigno del nombre de hijo! "Más el padre dijo á sus siervos: Sacad el principal vestido y vestidle; y poned un anillo en su mano, y zapatos en sus pies; y traed el becerro grueso y matadlo; y comamos, y hagamos fiesta." He aquí lo que expresa el gozo de Aquél que recibe de nuevo al pecador. Dios obra según las delicias que El halla en ver un pecador venir á arrepentimiento; El no mira los andrajos. Nosotros no recibimos la paz solamente por el acto de volver, sino cuándo aprendemos que aquellos son los sentimientos del Padre para con nosotros. ¿ Cuando los brazos del padre rodean el cuello del hijo, el se ensucia por los andrajos? No; él no quiere, sin embargo, que su hijo entre en ese estado en la casa, y ordena que le vistan de los más hermosos vestidos. Dios envia a su propio Hijo del cielo, y reviste al pecador. El joven, vestido por su padre, honrará su casa. Sin duda si nosotros somos así revestidos, honraremos a Dios en esta tierra, y en los siglos venideros. "Para mostrar en los siglos venideros las abundantes riquezas de su gracia en su bondad para con nosotros en Cristo Jesús." (Efesios II:7)

"Comamos y hagamos fiesta". El no ha dicho: que el coma y que el haga fiesta, porque Dios mismo y toda la casa celestial se une en el regocijarse por el retorno del hijo. El evangelio proclama al pecador que viene a Dios por Jesucristo, no solamente el perdón de los pecados, sino también su participación en la gloria eterna. Dios nos dá el Espíritu de adopción por el cual clamamos: Abba, Padre, y él nos declara sus herederos y coherederos, con Cristo en el reino venidero. El anillo en el dedo simboliza nuestra unión eterna con el Padre y su Hijo Jesucristo, Cabeza y Esposo de la Iglesia de los rescatados. Los zapatos en los pies simbolizan la potencia del Espíritu, por la cual nosotros podemos andar en novedad de vida. El becerro grueso es el emblema de los recursos espirituales que encontramos en Jesucristo, para nuestro peregrinaje en la tierra. El es nuestro alimento y nuestro refrigerio.

"Porque este mi hijo muerto era, y ha revivido; habíase perdido y es hallado. Y comenzaron á regocijarse." Imagen sorprendente de la regeneración, nuestra resurrección espiritual. "Y vosotros, que estabais muertos en vuestros delitos y pecados, en que en otro tiempo anduvisteis conforme a la condición de este mundo... Empero Dios, que es rico en misericordia, por su mucho amor con que nos amó, aun estando nosotros muertos en pecados, nos dió vida juntamente con Cristo..." (Efesios II:1-10).

"El estaba perdido, y es hallado." "Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino, más Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros." (Isaías LIII:6)

"Y comenzaron a regocijarse." Esto no es más que el comienzo de una felicidad sin fin. La vida con Dios no dá un gozo pasajero, pero si las delicias que se engrandecen á medida que las gozamos. "Regocijémonos siempre en el Señor: otra vez digo, que os gocéis", así escribe Pablo en su prisión de Roma. (Filipenses IV) El gozo constante é inalterable, el gozo eterno caracteriza la verdadera vida con Cristo, a despecho de las experiencias y de las dificultades que pudieran surgir en nuestro camino.

"Y su hijo el mayor estaba en el campo; el cual como vino, y llegó cerca de la casa, oyó la sinfonía y las danzas. Y llamando á uno de los criados, preguntóle que era aquello. Y él le dijo: Tu hermano ha venido, y tu padre ha muerto el becerro grueso, por haberle recibido salvo. Entonces se enojó." ¡ Que doloroso fin, despues de esta bella historia del hijo pródigo! El hijo mayor representa la propia justicia del corazón natural, terrible obstaculo para la salvación. La propia justicia produce la ira y el odio cuando la gracia es manifestada. La religión de Caín, quien ofreció los productos de su propio trabajo, conduce á la muerte de Abel, quién, con acuerdo a los pensamientos de Dios, había inmolado un cordero.

"Entonces se enojó, y no quería entrar." El se excluye a si mismo del gozo reinante en la casa del padre, porque él quería estar allí, no a causa del amor del padre, sino á causa de su propia conducta, de su obediencia y de sus obras. "Salió por tanto su padre, y le rogaba que entrase. Más él respondiendo, dijo al padre: He aquí tantos años te sirvo, no habiendo traspasado jamás tu mandamiento, y nunca me has dado un cabrito para gozarme con mis amigos." Aquél que se justifica a si mismo razona de esta manera: En el cielo solo deben entrar buenas personas, como yó; es menester ganar el cielo por las buenas obras. Para él es absurdo pensar que las personas más viles pudiesen entrar allí sin buenas obras, y sobre el simple hecho de haber creido. Pero Dios no discurre de este modo; allí donde El tiene el gozo del cielo, la propia justicia del hombre es declarada nula y sin valor.

El que á si mismo se justifica no siente ninguna simpatía por el caracter y la conducta del padre, y no tiene ninguna comunión con el gozo paternal. Entonces se pone de manifiesto la perfecta paciencia de la gracia de Dios. El sale y le suplica. Así es que, despues que los fariseos, los propios justos por excelencia, hubieron crucificado al Señor Jesús, Dios continua en su paciencia, en hablarles, y los apóstolos Pedro y Pablo se dirigen aun hacia ellos y los llamarán á arrepentimiento. Pero todo es egoismo en la casa del hijo mayor. Los Judíos están celosos de que Dios use de gracia hacia las naciones y ellos rechazan esta gracia, para su propia perdición. Así hacen todos aquellos que quieren ser justificados sobre el principio de sus obras; ellos rehusan la gracia de Dios y persiguen a los que están salvados por la fé en Cristo.

"Mas cuando vino este tu hijo, que ha consumido tu hacienda con rameras, tu has matado para él el becerro grueso." El fariseo acusa, desde luego, a su projimo, y seguidamente acusa á Dios a causa del evangelio de la gracia. "El entonces le dijo: Hijo, tu siempre estás conmigo, y todas mis cosas son tuyas. Más era menester hacer fiesta y gozarnos, porque este tu hermano muerto era, y ha revivido, habíase perdido, y es hallado." He aquí lo que Dios pida á sus criaturas, regocijarse en la salvación de los otros, salvados como ellos por su gracia. "Porque de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado á su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda, mas tenga vida eterna." (Juan 3:16) ¡ Poned en El vuestra confianza, hoy mismo, mis queridos lectores, y vivireis eternamente!

 

PABLO CHRISTIAANSE

Herman de Manstraat 8

3421 HX Oudewater

Holanda


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