Apariciones en el cielo

Señales para conocer cuándo una visión es de Dios o del demonio.
Editorial. 

En el presente artículo volvemos a insistir en tan importante tema. Muchas veces en estas páginas hemos hablado de las interferencias del demonio, y de cómo los videntes se desvían muchas veces de la Verdad, por unos u otros motivos. Experiencias desafortundas, que están en la memoria de todos, hacen que el tema siga siendo preocupante y motivo de seria reflexión para nosotros, que tenemos la obligación de caridad de procurar formar al lector convenientemente.

En esta ocasión daremos nuevas pinceladas del tema, pero siguiendo la mano del mismo Dios, a través de sus diálogos íntimos con Santa Catalina de Siena. Es el Señor quien nos advierte ahora de los engaños del demonio, y de cómo los que se deleitan en los consuelos y visiones espirituales pueden ser engañados fácilmente, cuando se apegan por amor imperfecto en esas consolaciones, poniendo el acento en ellas y no en el Dador de las mismas. Hay que amar al Dios de las consolaciones, y alegrarse de la visita consoladora del Señor, pero no tanto por la consolación o regalo en sí, sino por el afecto de la Persona Divina que las da. De ahí que diga el Señor:

“Porque en cuanto advierte el demonio que el espíritu está codicioso de recibir, cae sobre él y se transforma aquel espíritu en forma de luz. Tiente a las almas con aquello en que ve a las almas dispuestas a desear y aceptar, pues ve al espíritu engolosinado, y su deseo fijo únicamente en las consolaciones y visiones espirituales”.

Es como si uno de nosotros estuviese ansioso el día de su santo o cumpleaños por el regalo o dinero que espera recibir; y pusiera su alegría sólo en lo material del regalo, haciendo caso omiso del amor de la persona que se ha acordado de nosotros. El egoísta ­como en el fondo ama poco- se fija más en la cosa que en la persona, mientras que el humilde ­que se considera indigno de nada- se fija en la persona, y recibe la cosa con agradecimiento sumo, pero no tanto por el valor económico de la cosa en sí, sino por ser querido por ella. Esto es lo esencial del amor, la persona; lo otro, la cosa o don en sí, es lo accidental. Sobre estos apegos desordenados a los regalos, dones, carismas o gracias de orden sobrenatural, dice Dios Padre:

“No debería (el alma) apegarse a ellas, sino sólo a las virtudes, y por humildad, considerarse indigna de ellas y buscar sólo consuelos en mi amor. Como no es así, se les presenta el demonio en forma de luz de diversas maneras; unas veces, bajo las apariencias de Ángel, y otras, como si fuera mi Verdad o alguno de mis santos. Esto lo hace para atraparlas con el anzuelo del gusto espiritual que tiene puesto en las visiones y deleites del espíritu. Y, si esas almas no se elevan con humildad verdadera por el desprecio a cualquier deleite, quedan presas en este anzuelo, en manos del demonio. Pero, si desprecian el deleite con humildad y me abrazan con amor a mí y no al don, pues soy Yo el que da, el demonio no puede sufrir, por su soberbia, ese espíritu humilde”.

Pero, ¿en qué se puede conocer que la visita es del demonio y no de Dios?. A esto el Señor responde:

“Yo te contesto que la señal es ésta, que si es el demonio el que ha venido al espíritu para visitarlo en forma de luz, el alma, de inmediato, recibe alegría con su visita; pero cuanto más tiempo permanece, más pierde esa alegría, y llega el tedio, la oscuridad, el desasosiego de espíritu y la ofuscación interior”.

El demonio, ángel caído, ser tenebroso, no puede dar lo que no tiene. Y no puede dejar al alma verdadera paz ni dar luz, porque es tiniebla. De ahí que todo sea confuso, y el alma quede urbada, sin verdadera alegría. En cambio, cuando el alma es visitada realmente por Dios:

“En cambio, si verdaderamente es visitada por Mí, Vida eterna, recibe el alma, en el primer momento, santo temor, y con él alegría y seguridad, junto con una dulce prudencia, de modo que, dudando, no duda, sino que reconociéndose indigna de sí misma, dirá: <>.

En resumen, ésta es la señal de que el alma es visitada por Dios o por el demonio: Si la visita Dios, la Virgen o los ángeles buenos, en el primer momento, al medio y al fin siente temor (santo temor de Dios, que es el principio de la sabiduría), alegría y hambre de virtud. Dios imprime humildad al alma, y hace que el alma se sienta indigna por sus pecados, y al tiempo muy agradecida por la infinita generosidad de Dios y con deseos grandes de crecer en virtud y corresponder a tan inmerecida gracia.

Si es el demonio, en cambio, la primera mera apariencia es de alegría, sin temor reverencial alguno, pero después queda el alma turbada y en oscuridad de espíritu. Así lo ha dispuesto el Señor, de ahí que nos diga el mismo Dios por medio de Santa Catalina de Siena:

“Así lo he dispuesto para que os sirva de signo y para que el alma, si quiere andar humilde y prudente, no pueda ser engañada. Sufre engaño la que prefiere navegar sólo con el amor imperfecto de las propias consolaciones antes que con mi afecto.

One thought on “Apariciones en el cielo”

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *