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Dulce presencia
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« Respuesta #247 : Febrero 12, 2008, 02:34:52 » |
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Uncion Fresca.
El reclamo de Dios a Israel tiene muchos puntos de coincidencia con nuestra realidad.
«Me han olvidado»
Lectura: Jeremías 2:13.
"...Dos males ha hecho mi pueblo, me dejaron a mí y..." buscaron en mi lugar sustitutos, algo que me pudiera reemplazar", dice el Señor. Dos males, dos pecados, dos errores graves.
El gran pecado, el pecado mayor: "...me dejaron a mí", dice el Señor.
Porque él es la fuente. La palabra fuente aquí significa vertiente, aquello de donde fluye el agua en forma espontánea, en forma viva. El Señor es esta fuente, la única fuente, la única vertiente de donde sale el agua viva.
Todas las otras aguas son aguas estancadas, y un agua estancada no es un agua saludable: es un agua putrefacta, contaminada. Cuando una persona tiene sed, lo que más desea es beber, pero no cualquier cosa, no cualquier agua. Aquí nos dice la Escritura que el único que nos da a beber el agua pura, el agua viva, es el Señor, porque él es la vertiente del agua viva. Nosotros, fuera del Señor, sólo encontramos aguas contaminadas, que no pueden saciar y además de no saciar, nos enferman, nos contaminan.
El reclamo de Dios para su pueblo de Israel era éste: "Me han dejado a mí". No era: 'Han dejado una religión'. No era: 'Han dejado de ofrecerme sacrificios'. No era: 'Han dejado de ir al templo, o de ir a Jerusalén tres veces al año'.
El reclamo de Dios no era que hubiesen dejado un sistema de culto o una serie de rituales conforme a la ley. Nosotros podemos seguir haciendo las cosas externamente, sin acudir a la vertiente del agua viva. Al igual que Israel, nosotros podemos venir todos los domingos a reunión y cantar hermosas canciones, podemos declarar grandes verdades, podemos decir que somos miembros de este cuerpo precioso que es la iglesia, y aun así, no estar bebiendo de la fuente de agua viva, y aun así podemos haberle abandonado a él.
Cuando el Señor nos dice: "Me han dejado a mí", está metiendo la espada entre el alma y el espíritu. Está pasando el arado ?como dice un campesino? hasta el fondo, para que se remuevan las piedras, el cascajo, las raíces, y quede solamente la buena tierra.
Cuando el Señor dice: "Me han dejado a mí ... me han abandonado a mí", está yendo al fondo del problema. Esta es la verdad. Sabemos que Dios es un Dios de gracia, es un Dios de misericordia, es un Dios de perdón; pero también es un Dios de verdad. Porque Jesucristo es la verdad, y cada vez que Jesucristo se manifiesta en un ambiente, entonces la mentira queda al descubierto, entonces las tinieblas son denunciadas, y entonces la realidad queda al desnudo.
Cuando la palabra de Dios viene, cuando el Señor viene por su Espíritu y nos da su palabra, ¿qué es lo que nos está diciendo?: ¡Cuidado con las apariencias! ¡Cuidado con los formalismos externos! ¡Cuidado con la mera asistencia a reuniones! ¡Cuidado con guardar u observar ciertos rituales! ¡Cuidado! La verdad es diferente.
Él dice: "Me han dejado a mí, fuente de agua viva". Creo que el Señor ha estado hablando a nuestros corazones durante estos últimos días, y su voz nos ha estado persuadiendo.
Tenemos que proseguir humillándonos delante del Señor, en pidiéndole perdón, diciéndole: "Señor, tienes toda la razón; te hemos abandonado, y nos hemos intentado saciar con aguas contaminadas durante mucho tiempo. Señor, proseguiremos en buscarte, proseguiremos en humillarnos delante de ti. No descansaremos hasta que se cumpla aquella palabra que dice: "En tu presencia hay plenitud de gozo y delicias a tu diestra para siempre".
¿Cuándo el pueblo de Dios pierde el gozo? ¿Cuándo, en vez del gozo, hay amargura, hay tristeza, hay dolor, hay angustia? Cuando le dejamos a él. Pero no bien nos volvemos, no bien nos arrepentimos, y el Señor, que es grande en misericordia y amplio en perdonar, borra nuestras rebeliones, perdona nuestros pecados y sana nuestra tierra.
Él sana nuestra tierra. Nuestra tierra es todo aquello que nosotros tenemos y somos. "Sanaré su tierra". Nuestra heredad, nuestra casa, nuestra familia, nuestro trabajo, todo el entorno en que nosotros nos movemos, será sanado el día que se humilla su pueblo.
El Señor va a hacer que su palabra obre en tu corazón. Porque esta palabra de Dios es más viva y eficaz que toda espada de dos filos, y penetra hasta allí, en lo profundo del corazón, y aun en las coyunturas y los tuétanos, en las partes más intrincadas del alma, allí donde no puedes tú tener acceso, porque no te conoces. Allí penetra la palabra de Dios, y descubre las intenciones del corazón, y todo queda desnudo y abierto a los ojos de aquel a quien tendremos que dar cuenta.
Nosotros no nos conocemos, no sabemos cuán duro y soberbio es nuestro corazón, no conocemos cuán engañoso es nuestro corazón. No nos damos ni cuenta, y nos deslizamos. No nos percatamos, y ya estamos al borde del precipicio. Oh, sálvanos, Señor, no dejes que nuestro pie resbale. A tiempo, conténnos, reténnos, sujétanos. Atráenos a ti, porque nuestro corazón siempre intenta huir.
Así de necio es el corazón del hombre. "...me dejaron a mí, fuente de agua viva, y cavaron para sí cisternas, cisternas rotas que no retienen agua". Y como consecuencia de eso viene la desazón y el dolor.
Cuán malo y amargo es dejar a Dios
En los versículos siguientes del capítulo 2 de Jeremías, dice: "Tu maldad te castigará, y tus rebeldías te condenarán; sabe, pues, y ve cuán malo y amargo es el haber dejado tú a Jehová tu Dios, y faltar mi temor en ti, dice el Señor, Jehová de los ejércitos". Noten ustedes que aquí, en estas palabras, no es el Señor el que castiga, o el que enjuicia, sino que es nuestro propio pecado, es nuestra propia maldad, nuestra propia rebeldía, la que trae consecuencias.
"...Ve cuán malo y amargo es haber dejado tú a Jehová tu Dios...". Cada vez que dejamos al Señor, alguna tontería hacemos, y después sufrimos las consecuencias por meses, por años, y a veces durante la vida entera. Y entonces, cuando viene esta cosecha dolorosa, nosotros clamamos al Señor y lloramos lágrimas amargas, y cómo quisiéramos echar el tiempo a rodar hacia atrás, hasta el momento antes del pecado, hasta el minuto inmediatamente anterior a la tentación que no pudimos vencer.
En Jeremías 14:7-9, fíjense en las palabras del profeta. "Aunque nuestras iniquidades testifican contra nosotros, oh Jehová, actúa por amor de tu nombre; porque nuestras rebeliones se han multiplicado, contra ti hemos pecado. Oh esperanza de Israel, Guardador suyo en el tiempo de la aflicción, ¿por qué te has hecho como forastero en la tierra, y como caminante que se retira para pasar la noche? ¿Por qué eres como hombre atónito, y como valiente que no puede librar? Sin embargo, tú estás entre nosotros, oh Jehová, y sobre nosotros es invocado tu nombre; no nos desampares".
En los versículos 8 y 9 hay cuatro comparaciones que hace el profeta. ¿Cómo él ve al Señor, en medio de su angustia y en medio de su dolor?
"¿...Y como valiente que no puede librar?". Oh, ¿no es nuestro Señor un valiente? Pero hay momentos en que él no puede librar.
¿En qué momento ocurre lo que están mostrando estas cuatro figuras? Es el momento cuando nuestras rebeldías y nuestros pecados que se han amontonado delante del Señor se vuelven contra nosotros como una avalancha incontenible. Ocurre después que nosotros lo hemos dejado a él, y él nos ha tenido que dejar solos, por nuestro bien.
Y nosotros lo dejamos a él en nuestra presunción. 'Lo estamos pasando bien; no necesitamos a Dios. Me está yendo bien en el trabajo, la familia está ordenada. Todo está bien, ya no necesito a Dios; lo dejo'. Y además, flirteo con el pecado, y comienzo a gustar de él. Pero al poco tiempo mis pecados se vuelven contra mí, y en ese momento, cuando yo quiero tener al Señor, él no está.
Y el profeta clama y dice: "Oh esperanza de Israel, Guardador suyo en el tiempo de la aflicción...". Sí, es verdad, pero hay momentos en que él no puede librar, en que el dolor no puede ser menguado, en que la amargura no puede trocarse en dulzura. "...ve cuán malo y amargo es haber dejado tú a Jehová tu Dios".
Un camino plagado de necedad
Versículo 20: "Porque desde muy atrás rompiste tu yugo y tus ataduras, y dijiste: No serviré". Aquí está usando la figura del buey que está enyugado con otro buey. La Palabra nos dice que nosotros hemos sido enyugados con Cristo. Pero aquí resulta que uno de estos bueyes, nosotros, el lado nuestro, en un momento dado quebramos el yugo. Dijimos: 'Anda solo, yo me quedo aquí, yo estoy bien aquí; no serviré, no araré más. No estaré más sujeto a este yugo que significa trabajo, que significa pérdida de mi libertad'.
Y luego dice: "Con todo eso, sobre todo collado alto y debajo de todo árbol frondoso te echabas como ramera". O sea, ¿cuál es la razón de que este buey no quería seguir en el surco? Es que quería prostituirse como una ramera. ¡Oh, dejar al Señor trae consecuencias difíciles de prever en el momento, trae como consecuencia caer en innumerables pecados, errores, decisiones dolorosas, que traen consecuencias lamentables!
Versículo 23: "¿Cómo puedes decir: No soy inmunda, nunca anduve tras los baales?". Este mismo pueblo que no dijo: '¿Dónde está Jehová para buscarlo?', sí pudo decir: 'No soy inmunda, nunca anduve tras los baales'.
Y en el verso 25 seguimos leyendo lo que ellos decían: "Mas dijiste: No hay remedio en ninguna manera, porque a extraños he amado, y tras ellos he de ir". Noten ustedes las palabras. 'No hay remedio, ya no hay una vuelta que hacerle ya. He amado a extraño y voy a ir con ellos'.
Versículo 27: "...que dicen a un leño: Mi padre eres tú; y a una piedra: Tú me has engendrado". ¡Qué estupidez es esta! El leño se refiere a un ídolo de madera, y la piedra a un ídolo de piedra. ¿Y cuál era la razón de esa estupidez? Era que los pueblos de alrededor lo hacían; esa era su costumbre, su forma de adorar, su forma de creer. Eso se llama contemporizar, se llama adaptarse al medio, se llama convertirse a ellos. Algo tan ridículo como eso.
A nosotros nos parece ridículo, pero veamos los modernos leños y las modernas piedras que hay. ¿Verdad que también podemos convertirnos a un leño y a una piedra sin darnos cuenta que es un leño y que es una piedra? Porque ahora no es leño ni es piedra, es tecnología. Ahora es sofisticación, ahora la piedra está muy engalanada y el leño está muy bien adornado, para que no parezca ídolo. Pero son ídolos.
Necesitamos discernimiento, ojos ungidos, para ver aquello que es un ídolo, aquello que desagrada al Señor, porque Dios es celoso. ¿Y por qué es celoso? Porque ama. Si usted no amara a alguien, entonces no le importaría que la persona amada se prostituyera. ¿Le diría usted algo así a la persona que más ama: 'Pues, haz lo que quieras, vete adonde quieras, con quien quieras'?. No, porque usted la ama.
El amor de Dios nos atrae
El amor con que el Señor nos ama es un amor que nos atrae. Por eso dice: "Vuélvete a mí". El Señor, en su misericordia, rebaja aún más el estándar de exigencia cuando dice: "Si alguna mujer se va de su casa y anda con otros hombres, ¿el marido la volverá a recibir?". Según aquí, la ley, no. Pero aun así el Señor dice: "Vuélvete a mí. No importa que te hayas prostituido, no importa que hayas tenido amantes, ¡vuélvete a mí!". El Señor nos dice en su amor y en su celo por nosotros hoy: "Vuélvete a mí".
El dolor de los pecados cometidos, la cosecha mala por la mala siembra, no podrá dejar de recogerse; sin embargo, el Señor en su gracia mitigará algo el dolor, y nos concederá consuelo en esas noches largas. Y entonces oraremos y nos postraremos delante de él y sentiremos casi en forma tangible que las gotas de agua desde el cielo tocan nuestro corazón y lo refrescan. Sí, hay consolación, hay esperanza. Y si no, díganme si el gozo que hoy hemos sentido alabando al Señor, ¿no es también una demostración de que en él hay esperanza?
Pero el Señor quiere que nuestro gozo sea completo. Y será completo el día en que nos humillemos completamente, el día que nos volvamos a él completamente, el día que derribemos los ídolos completamente. Ese día tendremos un gozo completo, y sentiremos no sólo que nosotros estamos contentos. Porque aun eso podría ser demasiado egoísta: buscar reconciliarnos con él y recuperarlo a él para estar bien nosotros.
Pero, ¿sabe?, a medida que avanzamos en esta carrera, en esta comunión con Cristo, a medida que le vamos conociendo a él, entonces nuestros intereses van dando lugar a sus intereses, nuestro gozo va cediendo a su gozo y nuestro contentamiento va cediendo ante su contentamiento, y le diremos: Señor, que tú halles contentamiento y deleite en medio de tu casa. Porque "Yo soy de mi amado, y conmigo tiene su contentamiento".
Versículo 29-33: "¿Por qué porfías conmigo? Todos vosotros prevaricasteis contra mí, dice Jehová. En vano he azotado a vuestros hijos; no han recibido corrección. Vuestra espada devoró a vuestros profetas como león destrozador. ¡Oh generación! atended vosotros a la palabra de Jehová. ¿He sido yo un desierto para Israel, o tierra de tinieblas? ¿Por qué ha dicho mi pueblo: Somos libres; nunca más vendremos a ti? ¿Se olvida la virgen de su atavío, o la desposada de sus galas? Pero mi pueblo se ha olvidado de mí por innumerables días. ¿Por qué adornas tu camino para hallar amor?".
Amados hermanos, este es el reclamo que hace Dios, y que nos hace a nosotros. No sólo a Israel en los días de Jeremías, sino en estos días. "No adornes más tu camino para hallar amor. No bebas más agua del Nilo, no bebas más agua del Eufrates. No sigas cavando cisternas, porque están rotas. No más".
Las sinrazones de la separación
Hay tantas razones, hay tantos motivos por los cuales el alma se separa de Dios Voy a poner algunos ejemplos.
Algunas veces los jóvenes que se titulan en la universidad sacan su título. Han alcanzado una meta tan alta, han estudiado por tantos años con tanto sacrificio, han estado durante años viviendo estrecheces. Ante las puertas está un camino nuevo, un trabajo estable, un sueldo magnífico. 'Ahora me toca a mí', dicen. Llega el buen sueldo, el buen auto, la buena casa, y hemos visto a algunos cristianos dejar al Señor por un éxito laboral, profesional, como si el Dios que ellos tenían era el Dios sólo de las estrecheces, el Dios de la pobreza. 'Ahora, en mi riqueza, este Dios no encaja aquí. En mi bonanza, este Dios no encaja'.
O, a veces, el matrimonio es una causa de dejar al Señor. Una pareja se enamora y se casan. Son el uno para el otro; cada uno se mira al espejo en los ojos del otro. Todo es idílico, todo es precioso; no hay ni una nube en el horizonte, todo está despejado. Pero se olvidan que el matrimonio es una relación entre tres personas ? y la tercera es el Señor. Y si el Señor Jesús no está allí, entonces, no hay matrimonio duradero, estable. Él es quien une el matrimonio; es él el que le da estabilidad, solidez. Si lo dejamos a él, nos quedamos con una pálida imitación de lo que es el matrimonio, porque estaremos relacionándonos sólo como un hombre y una mujer, con todas sus debilidades.
Hay muchos más ejemplos que podríamos dar. Hay cosas mucho más sutiles en el corazón de un cristiano que podrían convertirse en un tropiezo y en un obstáculo en su relación con Dios.
Ustedes saben que todos nosotros, los que hemos sido llamados a la fe, adolecemos de diversos problemas. No sé si usted se ha dado cuenta, pero si usted se conoce un poco, se da cuenta que usted tiene más de algún problema serio en su configuración psicológica, o social; en fin, tenemos alguna tara, por decirlo de alguna manera clara, porque la Escritura dice que lo vil, lo menospreciado, lo que no es, escogió Dios.
Entonces, nosotros siempre, desde niños, desde que nos dimos cuenta que teníamos esta tara ?hay diversas, yo no las voy a especificar, porque cada uno sabe cuál es la suya? nosotros la tratamos de disimular. Entonces queremos aparecer socialmente como firmes, fuertes, exitosos, inteligentes, equilibrados, etc. Pero en el fondo sabemos que tenemos una tara ? llámese complejo, insatisfacción, o lo que sea.
Y cuando el Señor nos bendice y nos da su Espíritu y nos hace herederos de la tierra y del cielo ? porque somos herederos de cosas que nunca hemos imaginado, porque dice que heredaremos todas las cosas. Bueno, cuando nos sentimos así, tan ricos, tan grandes, tan inteligentes, porque el Señor de alguna manera nos suple esas necesidades; esas carencias las llena y ese complejo de alguna manera el Señor lo sana, y cuando nos sentimos así, entonces "nos creemos el cuento", como se dice, y ya parece que no necesitamos a Dios.
Entonces, si en nuestra infancia fuimos atropellados, porque éramos negros, porque éramos chicos, porque teníamos este defecto, luego, cuando ya tenemos al Señor y nos sentimos grandes, reaccionamos contra eso y arremetemos contra los demás, a veces con violencia, y algo se va produciendo en el corazón que nos va separando de Dios. Ya no somos los niños pequeños que tiemblan a su palabra, aquellos que llegamos a él llorando nuestros pecados y buscando consuelo y abrigo. Por eso es tan importante lo que el Señor dijo: "Mirad a estos niños; si alguno no se hace como un niño, entonces no entrará en el reino de los cielos".
Hermanos, las fragilidades, los complejos, la tendencia a las depresiones que tenemos, esa incapacidad para relacionarnos bien con los demás, esa tendencia a aislarnos, esa timidez que a veces nos pasa la cuenta, esas cosas, las permite el Señor para que nosotros estemos cerca de él. No permita que una vez que eso ha sido corregido en nosotros nos apartemos de él.
Muchas de las pruebas y de los toques que el Señor nos da son para que sigamos siendo dependientes; porque si dejamos de ser dependientes, entonces ya no necesitamos del Señor. El Señor dice: "Separados de mí nada podéis hacer; por lo tanto, el día que ustedes se alejan de mí van a tener muchas dificultades y muchos problemas".
Volvámonos a él
Que el Señor nos socorra. Que en este tiempo, más que exhibir conocimiento bíblico, más que echar mano a las cosas que hemos aprendido de largos años, podamos volvernos a él con un corazón humillado, quebrantado, y aun agradecerle al Señor por esos problemas que nos están haciendo sufrir.
¿Hay cosas que te están haciendo llorar, cosas que te están lacerando el alma, que son como una espina clavada allí donde más te duele? Si eso está ocurriendo hoy, hermano, eso lo permite el Señor para que tú te vuelvas a él, porque él nos quiere y nos anhela celosamente, y desea tener en nosotros su contentamiento.
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