(Continuación.)Un año interesante para mí, y parte de mis hermanos, fue aquel en el que un pastor, que tomaba la dirección de la ahora naciente obra adventista de mi pueblo, decidió poner a prueba, los talentos de la niñez de la pequeña congregación.
Mi padre y mi madre, tenían buen oido para la música, y Dios nos otorgó habilidades similares, pero no lo habíamos considerado, hasta que se formó el coro de niños. El pastor era pianista,y desde entonces, las prácticas del coro infantil, a dos voces, se hicieron parte de nuestra rutina semanal. Cuatro de mis hermanos, tres niños de otra familia, y yo, éramos los miembros iniciales del coro.
Lo encontraba interesante, emocionante; nos daba una ventana de escape a las a veces díficiles imágenes del residencial.
Para este tiempo, ya la congregación se reunía en una casa vieja, que se había habilitado como templo, justo al lado de la alcaldía de Hormigueros. Hoy, donde estaba esa casa, hay una extensión de la alcaldía.
Lo otro que también nos resultó sumamente innovador para nosotros, niños de una familia pobre del caserío, era que, los mismos integrantes del coro, íbamos a ser matriculados en una academia adventista. La academia adventista de Mayagüez se convertiría en otro auxiliar del movimiento adventista, en nuestra formación como tales.
Incluyo esto, para así establecer que nuestra participación y convicción en el adventismo, llegó a ser fuerte. Harían falta unas impresiones celestiales, junto a una docilidad y fe humana, para lograr ver más allá del adventismo.
Esta es la identificación que yo usaba, como estudiante de esa academia.

Nunca supe cómo se costeaban los estudios nuestros. Pero sí llegué a participar de un programa de venta de material adventista, al año y medio siguiente, que aportaba, en parte, a cubrir gastos relacionados con la academia.
Llegado ese tiempo, en el que asumí una labor de venta de revistas adventistas, era yo ahora un colportor.
Durante el tiempo de verano y vacaciones, salíamos, en una camioneta ¨van¨, cargada de más jóvenes adventistas, a distintos pueblos de Puerto Rico, para vender materiales de la organización. Toda una aventura para mi; poder conocer pueblos y puntos de mi isla, que sólo de oidos sabía.
Para señalar un incidente que me ocurrió en el colportaje, debo señalar otro que me ocurrió siendo aún más niño.
Bajaba en una ocasión del supermercado, tomado de la mano por mi hermana mayor. Recuerdo que traía puestos unos zapatos que me quedaban grandes. Tendría en ese entonces como 8 años. Era temprano de mañana, y cuando llegaba al pie de una cuesta, que daba a la plaza pública de mi pueblo, me solté repentinamente de la mano de mi hermana, y comenzé a caminar casi por el centro de la plaza. Como los zapatos me quedaban grandes, para que no se me salieran, tenía que mantener el pie hacia delante, por lo que cada zapatazo era bien enfatizado. Pasé cerca de un perrro que dormía, y al parecer, los zapatazos que daba le irritaron, pues de repente saltó, ladrando en dirección hacia mí y con su boca tratando de morder mis piernas. Yo corrí gritando una gran distancia. De por sí, le tenía pavor a los perros. Y a raíz de esa experiencia, les tomé terror.
Volviendo a lo del colportaje. Eramos enviados en parejas a colportar, en áreas asignadas. En una ocasión, me tocó, junto a una compañera de la misma congregación, vender libros en un solitario campo, de un sector que no conocíamos. Yo tenía casi 13 años de edad.
Estando con **** Rodríguez, en un área de ese campo, notamos una enorme y elegante casa, al lado izquierdo de aquella ¨solitaria¨ carretera.
Recuerdo que me alegré, ya que juzgando por el tamaño de la casa, me dije, aquí vamos a vender revistas. Desde la distancia, noté que no habían vehículos en su enorme estacionamiento, y también que estaban los portones abiertos.
Cuando estoy comentando con mi compañera de colportaje, oigo ladridos de perros que vienen desde aquella casa, y veo que cuatro perros, tres grandes y uno mediano, vienen bajando y corriendo por el estacionamiento en dirección hacia donde nos encontrábamos nosotros: en medio de una carretera solitaria. No recuerdo si oré en ese instante; si recuerdo, quedarme petrificado en medio de la carretara, mientras los perros salían por los abiertos portones ladrando y en dirección a nosotros. Sin pretender inflar el incidente, eran perros grandes, (tres de ellos) guardianes, y aparentemente, a los dueños se les había olvidado cerrar sus portones. Rodríguez se escondió detrás de mi, y gritaba. Yo sentí un impulso de mirar a mis pies. Y allí había una piedra. Sólo una; como David, con la única que necesitó para derribar al gigante. La tomé en mi mano derecha, y como si una fuerza superior controlara mis instintos, esperé hasta que los perros estuvieran a pies de distancia de nosotros. Curiosamente venían en fila; con el más pequeño al frente.
Cuando ya estaban a unos 12 pies de distancia de nosotros, lancé la única piedra que tenía, en dirección hacia ellos, y ésta golpeó con una fuerza que no fue mía, al que estaba al frente de la ¨jauría¨, y dió un chillido espantoso mientras al mismo tiempo, se tornaba hacia atrás corriendo velózmente de vuelta a la mansión y junto a él, los otros tres grandes perros le siguieron, chillando como si ellos también hubiesen recibido el impacto de la piedra. Quedé por unos segundos atónito, y cuando reaccioné, salí corriendo, al igual que mi compañera, de aquel lugar.
Cuando compartí en la tarde nuestra experiencia, algunos la tomaron como señal de que el colportaje que realizábamos, de seguro era una amenaza al diablo y por ello, habíamos sido atacados. Otros minimizaron lo ocurrido. Y de seguro, otros ni creyeron.
Pero esa experiencia, junto a otras que viviría, me estaban indicando que el Dios del que yo estaba leyendo en la biblia, y en la colección de tomos de las historias bíblicas ilustradas, sí parecía intervenir sobrenaturalmente, aún a favor de unos jóvenes de recursos escasos.
Si, yo era adventista; ya bautizado bajo el ala de ese movimiento y defendiendo profecías de una mujer que tenía extrañas revelaciones que contradecían doctrinas novotestamentarias (de esto me daría cuenta luego), sin embargo, Dios me había protegido.
¿Era eso una señal de que yo andaba en la senda correcta? Y de no ser así, ¿por qué Dios intervino?
Lo cierto es que esa experiencia me hizo ver más viva la biblia. Después de todo, el Dios que había estado con David, había estado conmigo.
¿Qué más me concedería Dios ver, y con qué fin?
Continuará., Dios mediante.
Copyright2009 Erskine
En Cristo....Erskine.