(Continuación.) Una cosa que se nos repitió continuamente, fue que éramos de la religión adventista.
Se hacía énfasis de que habían muchas religiones en el mundo, pero que la adventista era la verdadera. Aparte de que se nos estaba recordando algo que era obvio, osea, en el sentido de que hay muchas religiones en nuestro mundo, producía eso en mí, la percepción de que prácticabamos algo. Estábamos anexos a algo. Ese énfasis en que éramos de esta religión, nos llevó a aceptar como lógica, que éramos religiosos.
No sólo los escritos de Elena G. de White, empleaban a cansar ese término, los cientos de escritos de autores adventistas hacían lo mismo.
Con naturalidad respondí, muchas veces, cuando me preguntaban sobre mi afiliación: ¨Yo soy de la religión adventista¨.
No veía que la Iglesia primitiva se presentara a sí misma, como religión; Cristo tuvo choque con gente religiosa. De hecho, fueron sus más acérrimos opositores.
Había algo más que prácticas y liturgias, pero, yo aún no sabía definir bien qué podía ser.
(
Santiago hizo uso del término cuando señalaba a los que se declaraban religiosos y por eso les dijo: ¨La religión pura y sin mancha delante de Dios es esta¨... Y procedió no a mencionar una denominación, sino una actitud que debía tener quien se aferrara a la idea de ser religioso... ¨es visitar a los huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones, y guardarse sin mancha de este mundo¨. En otras palabras... ¿Insisten en ser religiosos?, pues, hagan esto. Santiago 1:26-27 )
Fué más fácil para mí, y creo que lo es para todo religioso, establecer un código de conducta basado en normas únicamente, y distanciarme de lo que se saliera de los marcos propios de la religión; aún cuando pareciera tener algo de virtud en si. El marco religioso facilitaba esa zona de ¨confort¨.
La casa que empleábamos como templo, quedaba sobre una cuesta, bastante cerca de la plaza pública de Hormigueros y fueron muchas las veces en que la Iglesia pentecostal, pidió permisos, para llevar a cabo campañas de evangelismo desde la tarima de dicha plaza. Las mismas duraban usualmente tres días. Yo notaba, la espontaneidad en los servicios pentecostales desde esa plaza, ya que se escuchaba relativamente claro desde nuestra casa; y las alabanzas, las repentinas alabanzas, no me parecían religión.
Eran extraños. Alababan demasiado, (pensábamos nosotros), y eso no era de buen gusto para una buena religión. Nuestras religiosas mentes no veían aquello como algo apetecible, ya que parecía desorden; y además, ser más comedidos al alabar, nos conservaba el prestigio adquirido; pero nos quedaba la sensación de que le tenían más confianza a Dios que nosotros. Pero estas cosas, se callaban.
El adventismo, debe mucho de su silueta y masa a los escritos de Elena G. De White. Ésta se tomó de su tiempo para cincelar, con sus escritos llenos de supuestas visiones, desde el nombre de la organización, hasta la manera en que se debe adorar a Dios.
En uno de ¨sus¨ libros, Joyas de los testimonios tomo 1, página 80, de un escrito del año 1861,
aseveró ella:
¨Recibí una revelación acerca de la adopción de un nombre por el pueblo
remanente.¨ Añade en el mismo escrito- ¨ No podríamos elegir un nombre más
apropiado que el que concuerda con nuestra profesión, expresa nuestra fe y nos
señala como pueblo peculiar. El nombre adventista del séptimo día es una
reprensión permanente para el mundo protestante. En él se halla la línea de
demarcación entre los que adoran a Dios y los que adoran la bestia y reciben su
marca.¨ Ella estableció, como estaca para amarrar la tienda que ampara al que
busca la verdad , el nombre de la organización. Concluyó con la supuesta
revelación divina, diciendo en el mismo escrito: ¨ Me fue mostrado que casi todo
fanático que surge y que desea ocultar sus sentimientos a fin de arrastrar a otros,
asevera pertenecer a la iglesia de Dios.¨
Con declaraciones así, y asegurando que Dios mismo se le había revelado con esto, sus escritos se tornaron y se han tornado en guía de conducta religiosa para la organización.
Lo fue para nosotros. Hubieron cientos de sermones que abundaron en citas de sus libros.
Los pastores adventistas, no se hubieran atrevido a objetar a las demarcaciones puestas por Elena; mucho menos la felígresía. Por lo que vivíamos, o por lo menos, tratábamos de vivir la religión lo más cerca posible a ellas.
En el área de la adoración y de la música, ella de igual manera demarcó. En uno de sus escritos expresó:
¨Las cosas que tú has descrito que están tomando lugar en Indiana, el Señor me ha mostrado que tomaría lugar…¨ Continúa diciendo- …¨Habrá gritos, con tambores, música y danza.¨ – Y unas líneas más adelante añade- ¨
El Espíritu Santo nunca se revela a sí mismo con esos métodos, en tal locura de ruido¨. Esto lo expresó ella, comentando sobre unos servicios de avivamiento que se celebraban en ese estado y en donde abundaba la adoración espontánea, acompañada de instrumentos.
Esto que ella mencionaba, y que enfatizaron líderes adventistas posteriormente, establecia el fundamento para limitar nuestras expresiones de alabanza, a un rotundo, Amén.
Estaba fuera de lugar exclamar, por ejemplo, ¨Aleluya¨.
Los pastores citaban líneas como éstas, para dejarnos dicho qué se podía usar como expresión de adoración y qué no.
Hubieron ocasiones en que mientras celebrábamos la reunión en el templo, se oían los cánticos y las alabanzas que elevaban en la plaza los pentecostales, y movíamos los pies inconscientemente. Una vez el pastor nos llamó la atención por ello.
Notaba los salmos de la Biblia, llenos de invitación y amonestación a la alabanza. Alabanza que en su contexto, no se limitaba a un amén, ni a un simple murmullo; pero el espíritu de profecía (Elena), y los ministros, habían hablado.
Lo acepté, tranquilamente, pues, ser religioso parecía ser lo más seguro.
Termino momentáneamente esta intervención con un incidente, de los tantos, que me dejó pensando.
En una reunión, habíendo terminado de cantar, estábamos en ese lapso en el que se espera a que los que van a estar a cargo del resto del servicio, suban al estrado.
Pasados unos minutos de silencio, se oyó una voz, desde la parte central de la grey, exclamando : ¡Gloria al que vive! ¡Aleluya!
Muchos miramos en aquella dirección. Era una señora que no había visto antes, pero que había sido invitada a estar allí por un hermano adventista. Al ver que la mirábamos de esa manera, preguntó : ¿Qué? ¿Aquí no alaban a Dios?
Un anciano adventista, volteó su cuerpo completamente hacia ella y le dijo:
Mas Jehová esta en su santo templo, calle delante de Él toda la tierra.
La señora entonces dijo- Pues si aquí no alaban al Señor, aquí yo no vuelvo.
Se levantó, y cumplió su determinación.
Yo quedé impactado. Sí, como joven adventista aquello me parecía una intromisión por parte de la señora, pero, qué libre de prejuicios, qué convicción noté en ella.
Tanto, que hasta el día de hoy, lo recuerdo claramente.
Lejos de mí estaba que años despúes, iba yo a estar adorando con la misma libertad, fe, gratitud y entendimiento, que vi en aquel rostro.
Continuará., Dios mediante.
Copyright2009 Erskine
En Cristo y en su amor....Erskine.
¡Bendito sea su Santo nombre!