El significado de la expresión “casa”

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El significado de la expresión “casa”
« en: Septiembre 23, 2011, 06:33:17 am »
El significado de la expresión “casa”
Ahora bien, bajo la expresión “casa”, dos cosas -eventualmente tres- se hallan comprendidas: la casa misma, los hijos y, dado el caso, los criados o domésticos. Estas tres cosas, ya sea que las tomemos juntas o por separado, deberían llevar el sello de lo que pertenece a Dios. La casa de un hombre de Dios debiera ser gobernada por Dios, para su gloria y en su nombre. El jefe de una casa cristiana es el representante de Dios. Ya como padre o como amo, él es, para todos aquellos que están bajo su techo, el depositario de la autoridad de Dios, y tiene el deber de actuar según la inteligencia y el desarrollo práctico de este hecho. Sobre este principio debe dirigir su casa y proveer para la misma. Por eso está escrito: “Si alguno no provee para los suyos, y mayormente para los de su casa, ha negado la fe, y es peor que un incrédulo” (1.ª Timoteo 5:8).
Al descuidar la esfera en la que Dios lo ha establecido, él evidencia conocer poco a Aquel a quien es llamado a representar y, por consecuencia, se asemeja poco a Él. Esto es muy simple. Si yo deseo saber qué cuidado debo tener de aquellos que están bajo mi responsabilidad y cómo debo gobernar mi casa, sólo tengo que estudiar cuidadosamente la manera en que Dios cuida de los suyos y en la cual gobierna su casa. Ésta es la verdadera manera de aprender. No se trata aquí de saber si las personas que constituyen la casa son o no convertidas. Lo que deseo urgir en la conciencia de todos los cristianos jefes de familia, es que todo lo que ellos hacen, de un extremo a otro de su marcha, debería llevar muy visiblemente el sello de la presencia de Dios y de su autoridad; que haya un claro reconocimiento de Dios de parte de cada integrante de la casa. La influencia del padre de familia debiera ser tal que, cuando él está allí, cada uno fuese llevado a decir o pensar: Dios está allí; y ello debiera tener lugar, no para que el jefe de la casa sea loado a causa de su influencia moral y de su juiciosa administración, sino simplemente para que Dios sea glorificado. Éste no es un objetivo demasiado inalcanzable, y nunca deberíamos estar satisfechos con nada inferior a él.
La casa de todo cristiano debiera ser una representación en miniatura de la casa de Dios, no tanto en cuanto a la condición real de cada integrante en particular, sino en cuanto al orden moral y a la piadosa disposición del conjunto. Algunos podrían sacudir la cabeza y decir: «Todo esto es muy bello, pero ¿dónde lo hallamos?». Me limito a preguntar: ¿La Palabra de Dios enseña y prescribe al cristiano a gobernar su casa de esta manera? Si es así, ¡pobre de mí si rehusara obedecer o faltara en fidelidad a la obediencia! Toda persona honesta y de recta conciencia reconocerá que ha tenido lugar una de las más graves caídas en cuanto a la dirección de nuestras casas; pero nada es más vergonzoso que ver a un hombre que a sabiendas se sienta tranquilamente y está muy satisfecho ante el estado de desorden e indisciplina que reina en su casa, por parecerle imposible alcanzar la regla perfecta que Dios le ha propuesto.
Todo lo que tengo que hacer es seguir las directivas de la Escritura, y la bendición seguirá seguramente tarde o temprano, pues Dios no puede negarse a sí mismo. Pero si, por la incredulidad de mi corazón, me persuado de que me es imposible alcanzar la bendición, de seguro que jamás la tendré. Todo privilegio o toda bendición que Dios pone delante de nosotros, exige una energía de fe para su consecución. Es como Canaán para los hijos de Israel: el país estaba delante de ellos, pero ellos debían entrar y tomar posesión de él, pues Dios había dicho: “Todo lugar que pisare la planta de vuestro pie” (Josué 1:3). Así ocurre siempre: la fe toma posesión de lo que Dios da.
Nuestro único objetivo, en todo lo que hagamos, debiera ser glorificar a Aquel que ha hecho de nosotros todo lo que somos y lo que seremos por la eternidad; y ¿qué puede ser más contrario a este objetivo, y más deshonroso para Dios, que ver que la casa de un siervo de Dios es justamente lo contrario a lo que Él desea que sea? ¿Cómo los ojos de Dios debieran considerar tal o cual cosa, si nuestros ojos humanos se escandalizan de ello? Sin embargo, si uno fuese a juzgar según lo que ve en tal o cual casa, parecería como si los cristianos pensaran que no existe la menor relación entre la conducta de su casa y su testimonio. Es muy humillante encontrarse con aquellos que, en su aspecto personal, parecen excelentes cristianos, pero que fallan por completo en el gobierno de sus casas. Ellos hablan de la separación respecto del mundo, pero sus casas presentan la más penosa mundanalidad. Dicen que el mundo es crucificado para ellos y que ellos son crucificados respecto del mundo, y, sin embargo, el sello del mundo puede advertirse en su misma casa por doquier. Cada objeto de ella parece destinado a servir a “los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la vanagloria de la vida” (1.ª Juan 2:16). Altos e imponentes espejos de pared que reflejan la carne misma; suntuosas alfombras y espléndidos muebles y sofás destinados a la comodidad de la carne; aparatosas y brillantes luces que ponen al descubierto el orgullo y la vanidad de la carne. Se nos dirá que al descender a estos detalles pueriles, asumimos un terreno muy bajo. A ello contesto que las hijas de Sion habrían podido decir exactamente lo mismo acerca de estas palabras que el Señor les dirige en Isaías 3:18-23: “Aquel día quitará el Señor el atavío del calzado, las redecillas, las lunetas, los collares, los pendientes y los brazaletes, las cofias, los atavíos de las piernas, los partidores del pelo, los pomitos de olor y los zarcillos, los anillos, y los joyeles de las narices, las ropas de gala, los mantoncillos, los velos, las bolsas, los espejos, el lino fino, las gasas y los tocados.” ¿No era eso descender a detalles nimios? ¿No podría decirse lo mismo de este pasaje de Amós 6:1-6: “¡Ay de los reposados en Sion…! que duermen en camas de marfil, y reposan sobre sus lechos; y comen los corderos del rebaño, y los novillos de en medio del engordadero; gorjean al son de la flauta, e inventan instrumentos musicales, como David”? El Espíritu de Dios puede descender a los detalles, cuando la ocasión así lo requiere.
Pero algunos todavía pueden decir: «Nuestras casas debieran estar en armonía con el rango que ocupamos en la sociedad, y amuebladas en consecuencia.» Tal objeción no hace más que revelar muy abiertamente el verdadero estado de alma de aquel que la esgrime: un estado mundano, sin duda. «¡Nuestro rango en la sociedad!» Este terreno, sin duda, es el mundo. ¿Qué quiere decir realmente esta expresión, cuando se aplica a aquellos que profesan estar muertos al mundo? Hablar de nuestro rango en la sociedad, de nuestra «posición social», es negar los mismos fundamentos del cristianismo. Si tenemos un rango según el mundo, entonces se sigue que debemos vivir como hombres en la carne, o como hombres naturales, y entonces la ley tiene todo su imperio contra nosotros, pues “la ley se enseñorea del hombre entretanto que este vive” (Romanos 7:1). Este rango en la vida, esta posición social, viene a ser, pues, un asunto muy serio.
¡Jesus es el Senor!
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"Solicitos en guardar la unidad del Espiritu en el vinculo de la paz:
Un Cuerpo, y un Espiritu,... un Señor, una fe, un bautizmo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos. Pero a cada uno de nosotros fue dada la gracia conforme ala medida del don de Cristo. Efesios 4: 3-7

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El significado de la expresión “casa” Continuacion…
« Respuesta #1 en: Septiembre 24, 2011, 12:41:00 am »
El significado de la expresión “casa”  Continuacion…
o ¿en qué vida se lo encuentra? Si es en esta vida, seríamos, pues, mentirosos cuando decimos que hemos sido “crucificados con Cristo” (Gálatas 2:20), “muertos con Cristo” (Colosenses 2:20), “sepultados con Cristo” (Romanos 6:4), “resucitados con Cristo” (Colosenses 3:1), que hemos “salido fuera del campamento hacia Cristo” (Hebreos 13:13), que no estamos “en la carne”, que no somos “del mundo que pasa” (1.ª Juan 2:17). Todas estas palabras, pues, son algunas de las tantas brillantes mentiras en la boca de aquellos que poseen -o pretenden poseer- un rango en esta vida. Ésta es la verdad del asunto; y debemos dejar que la verdad alcance nuestras conciencias y actúe en ellas, a fin de que ejerza su influencia sobre nuestra vida práctica.
¿Cuál es, pues, la única vida en que tenemos un rango?: La vida de resurrección de Cristo. Ésta es la vida en la cual el amor redentor nos ha dado un rango. Y seguramente, sabemos muy bien que los mobiliarios mundanos, las vestimentas costosas, la ostentación y el lujo, no tienen nada que ver con el rango en esta vida. ¡Oh, no! Lo que está en armonía con la vida celestial que Jesús ha ganado para nosotros y nos ha comunicado, es la santidad de carácter, la pureza de vida, el poder espiritual, una profunda humildad, la caridad, la separación de todo lo que sabe directamente al mundo y a la carne; no hay duda de que adornar nuestras personas y nuestras casas con esas cosas, sería ciertamente adornarlas «conforme al rango que ocupamos en la sociedad». Pero esta objeción pone, de hecho, al descubierto el verdadero principio que yace en el fondo del corazón. Ya ha sido observado que la casa revela la condición moral del hombre, y esta objeción confirma tal declaración. Aquellos que hablan, o piensan, acerca de su rango en esta vida, “en sus corazones, se volvieron a Egipto” (Hechos 7:39). Y ¿cuál será el fin de los tales de acuerdo con lo que Dios dice? “Os transportaré, pues, más allá de Babilonia” (Hechos 7:43). Es de temerse sobremanera que la “gran piedra de molino” de Apocalipsis 18 nos presente un cuadro demasiado fidedigno del fin de muchos de los elementos enfermizos, espurios y huecos del cristianismo de nuestros días.
Sin embargo, alguien puede alegar todavía que el cristianismo no aprueba el desorden y la suciedad de las casas, a lo que diría que eso es perfectamente cierto. Conozco pocas cosas que sean más penosas y deshonrosas que ver la casa de un cristiano caracterizada por la suciedad y el desorden. Tales cosas jamás deberían existir en relación con una mente verdaderamente espiritual o incluso bien ordenada. Donde tales cosas existen, podemos estar seguros de que ellas son la consecuencia de algún mal moral. Aquí todavía la casa de Dios se nos presenta de forma especial como un bendito modelo. Sobre la puerta de esta casa puede verse inscripta esta preciosa divisa: “Hágase todo decentemente y con orden” (1.ª Corintios 14:40). En consecuencia, todos aquellos que aman a Dios y a Su casa, desearán ver este principio aplicado en sus propios hogares.

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